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1 familia, 2 países, 3 fronteras: Expresiones de amor transnacional de niños y jóvenes en espacios disputados de separación familiar

Adrian Khan  |  14 de febrero 2020

‘Puerta de Gunasa’ - el punto de entrada desde un pueblo a gran altitud en Dolpa, Nepal. Fotografía del autor.

Sentía que mis padres me habían abandonado. 11 años sin comunicación es muy duro. Pero cuando regresé a mi pueblo mis ideas cambiaron. No es que me hayan olvidado o se preocupen menos por mí, es que viven en condiciones muy difíciles. Ahora ya no diré que no se preocupan por mí, incluso les daré las gracias por la oportunidad de estudiar, pero reducir los vacíos de comunicación podrían ayudarme a sentir otra vez que somos una familia... (Dharghey, 20 años, Upper Dolpa).

Las expresiones de emoción de Dharghey evocan los ojos de Ketu, de 16 años, llenos de lágrimas al revelar que en los diez años desde que emigrara a Katmandú desde Humla, su pueblo transhimalayo, a la edad de 5 años, no tuvo ninguna visita o comunicación con su familia. Los Transhimalayas (regiones limítrofes y/o cercanas al Tíbet) albergan algunos de los pueblos más remotos del mundo. Estas regiones han experimentado muchas formas de migración involuntaria hasta la fecha, lo que ha llevado a largas separaciones familiares a través de la frontera y al deterioro de las relaciones afectivas entre los miembros de las familias.

Mi investigación en curso examina las experiencias transmigratorias de niños y jóvenes desde 2010, estudiando sus (des)conexiones afectivas al pasar por distintas “etapas vitales”y sus maneras personales de articular emociones como el amor. Una de las causas principales de la fragmentación afectivas de las familias en los hogares transhimalayos fue la insurgencia maoísta entre 1996 y 2006. Muchos participantes reconocieron que el hecho de que los maoístas intentaran reclutar un niño de cada casa en muchas aldeas rurales empujó a los padres a enviar a sus hijos a internados en Katmandú, la capital de Nepal, para evitar el alistamiento. No obstante, aunque los niños estaban seguros en los internados, con la ventaja simultánea de acceder a una educación urbana, los entrevistados estuvieron en muchos casos durante más de una década lejos de sus hogares rurales, manteniendo poco o ningún contacto.

La comunicación activa entre las familias en las aldeas rurales del Himalaya y los jóvenes en Katmandú es importante porque ayuda a confirmar las propias relaciones. Además, las emociones como el amor requieren intercambios activos para evitar que pierdan su significado social. Las tecnologías de la comunicación y los transportes terrestres como coches, autobuses, jeeps y motocicletas eran prácticamente inexistentes en las aldeas cuando los entrevistados llegaron a Katmandú entre 1996 y 2006. Algunos viajes llevaron más de tres meses a pie. En muchos lugares transhimalayos, estas tecnologías siguen sin estar disponibles a día de hoy. El tiempo de espera entre las potenciales reuniones familiares era esporádico e impredecible. Una semana después de que tuviera lugar la entrevista reproducida arriba, Ketu tuvo la oportunidad de encontrarse con su hermano pequeño y sus padres en Katmandú por primera vez en once años. En otra entrevista más adelante,

Ese día fue raro e inesperado para mí. Mi padre tenía casi el mismo aspecto que antes, pero mi madre había envejecido mucho... Me llevaron a un monasterio a una hora de camino para reunirnos con mi hermano. ¡Llevaba estudiando ocho años en Katmandú y yo no lo sabía! Me llamó “hermano”, pero yo le dije que no lo hiciera porque se me hacía muy extraño... Mis padres me dieron el número de una tía en Katmandú, pero les dije que no se pusiesen en contacto conmigo todavía... No es que no los quiera, pero ya no puedo relacionarme y comunicarme bien con ellos en tibetano... cicatrizar tomará tiempo... (Ketu, 16 años, Humla)

Al principio, Ketu cortó todos los vínculos con su familia. Después de buscar trabajo como profesor de inglés en el monasterio budista de su hermano, comenzó a establecer un puente entre los débiles recuerdos de su pueblo y las relaciones actuales con su hermano. Sin embargo, aún no está seguro de que vaya a hacer lo mismo con sus padres.

Para algunos entrevistados, fue regresar por primera vez a sus pueblos remotos para buscar documentos de ciudadanía lo que conllevó un mayor cambio emocional. Después de ver las condiciones de las zonas rurales, recuperaron los sentimientos de apego por sus familias, desarrollaron un nuevo sentido del amor transnacional, y su ambivalencia afectiva comenzó a remitir. Tras llegar a Mugu, Amar reflexiona:

Al principio, a mis padres les parecía divertida mi forma de hablar, porque mi tibetano estaba mezclado con un fuerte acento nepalí. ¡Incluso pusieron en duda que fuera su hijo! Sin embargo, cuando me reí a carcajadas sin motivo aparente, ellos hicieron lo mismo. La risa nos ayudó a conectar, pero rápidamente fue sustituida por la pesadumbre de mis padres al revelar que mi hermano mayor estaba atrapado del otro lado de la frontera en Tíbet cuando había ido a comerciar, y no le dejaban volver a entrar en Nepal desde 2015... (Amar, 15 años, Mugu)

Amar, como otros entrevistados, descubrió que otros miembros de su familia también sufrieron la separación familiar derivada de los problemas maoístas y de los terremotos de 2015 que resultaron en el cierre de la frontera con Tíbet, hasta entonces abierta. Las fronteras abiertas son una cuestión ambigua, ya que facilitan la libre circulación de personas, bienes y capital, que pueden traer beneficios económicos, sociales y culturales a Nepal. Sin embargo, las fronteras abiertas también conllevan el riesgo del contrabando, el narcotráfico y otras formas de crimen transnacional. Los entrevistados explicaban cómo en el pasado sus parientes cambiaban yaks por sal, arroz, hierbas medicinales y otros bienes que contribuían al sustento cotidiano del hogar. El cierre de la frontera interrumpió las relaciones comerciales establecidas y Nepal presenció la llegada de alrededor de 16 000 refugiados tibetanos. El cierre de la frontera también llevó al desplazamiento de familias y enclaves étnicos transhimalayos a través de la frontera y a la consiguiente ruptura de las estructuras familiares, al emigrar algunos miembros a Katmandú. 

La idea central para los entrevistados era la fragmentación de sus familias en dos países, Nepal y Tíbet, y a través de tres fronteras, en  las aldeas transhimalayas, los pueblos tibetanos, y la ciudad de Katmandú. Este artículo y mi trabajo en curso exploran las dificultades a las que niños y jóvenes transhimalayos hacen frente al vivir el amor en sus relaciones (trans)nacionales. Niños y jóvenes ponen en práctica formas de resiliencia intentando mantener relaciones afectivas con sus familias a través de fronteras de separación tanto geográfica como emocional.

      Adrian Khan

Adrian está actualmente realizando un Doctorado en el Departamento de Geografía y Planificación de la Universidad de Toronto y programas en colaboración con el Centro de Estudios del Sur de Asia y el Centro de Estudios de Diáspora y Transnacionales. Ha realizado trabajo de campo en Canadá, India, Guyana, Francia, Estados Unidos, Catar y Nepal, sobre todo en el área de derechos de niños y jóvenes en contextos educativos y de desarrollo comunitario. Adrian ha trabajado, investigado y hecho voluntariado en Nepal desde 2010 y entre 2017 y 2019 fue especialista en Derechos Humanos y coordinador de posiciones de una ONG local llamada Volunteer Sewa. La investigación actual de Adrian se interesa por el activismo juvenil en contextos internacionales, las identidades raciales y el racismo, las migraciones, la economía cultural, la investigación de acción participativa y la educación en la justicia social.

Fotografía de Mugu, Nepal.

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