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Hijos de la migración: La frontera borrosa entre raíces y rutas

Andrea Castellón  |  15 de febrero 2019

Muñecos que representan algunas de las identidades y pueblos de Chile. Foto de la autora

“El racismo es la condición de aceptabilidad de la matanza en una sociedad en que la norma, la regularidad, la homogeneidad, son las principales funciones sociales”, afirmó Michel Foucault en Genealogía del racismo (Ediciones de la Piqueta, Madrid, 1992). Cuando leí esta frase, irremediablemente me remonté a todas las veces que en Chile, país al que mi familia llegó hace 20 años atrás, la gente me preguntaba de dónde era:

 

– “Soy boliviana”– ¿Hace cuánto tiempo estás acá? – “Desde mis cinco años.” – ¡Ah!, entonces eres chilena.

 

Recibí ese tipo de comentarios muchas veces por parte de amigos y conocidos, el convencimiento de ellos acerca de mi “verdadera nacionalidad” era tal que yo solo mostraba una mueca y pasaba a otro tema. Analizando el tema a profundidad, siempre me cuestioné porque nunca nadie me dijo “ah, pero también eres chilena”; por el contrario, la respuesta que recibía de pronto borraba una parte de mi identidad, que para mí era fundamental.

 

Cuando mi familia llegó a Chile ya en los años 2000, el tema de la migración no tenía la misma importancia que hoy. Si bien había empezado a tener una cierta notoriedad desde el fin de la dictadura de Pinochet, experimentando un aumento en la migración por parte de países como Argentina o Perú, los índices a nivel nacional eran muy bajos. Sin embargo, ya en esa época la migración peruana generaba un profundo rechazo por parte de la sociedad chilena: aparecía constantemente en los medios de comunicación y se reportaron muchos casos donde la gente sufrió ataques por discriminación. Muy por el contrario, la migración argentina, que era la más numerosa según el Censo de Población y Vivienda de 2002, jamás llamó la atención en particular de los medios o se reportaron casos de discriminación con la misma frecuencia y gravedad que los padecidos por la población peruana. Los dos grupos migrantes hablaban el mismo idioma y tenían costumbres relativamente parecidas; la única diferencia era que los migrantes peruanos tenían una marcada ascendencia indígena y su reconocimiento físico hizo que fueran fuertemente estigmatizados en sus trabajos, mientras que la existencia de la población argentina, en su mayoría descendiente de europeos, pasó totalmente desapercibida para la opinión pública. Es decir, ya en aquel entonces el racismo jugaba un papel importante en el país.

 

Yo crecí en ese Chile, que, como muchos otros Estados latinoamericanos, se originó como “una expresión política de control económico y social de las élites” avasallando violentamente las diferencias culturales internas, como argumenta la investigadora Menara Lube Guizardi. En el caso particular de Chile, olvidando sus raíces afrodescendientes en el norte y oprimiendo hasta el día de hoy a los pueblos indígenas, condiciones reforzadas por las instituciones represivas que la dictadura de Pinochet dejó como herencia.

 

Al crecer, mi identidad fue un aspecto que me cuestioné constantemente, como seguramente muchos otros migrantes de segunda generación lo deben de hacer, especialmente aquellos que viven en países donde el modelo Estado-nación está en tensión permanente debido a que el discurso de lo homogéneo no logra encajar en su realidad interna. Esta tensión se va agravando cada vez más en un mundo globalizado, donde demonizar la migración parece ser el último recurso utilizado para lograr la unidad de la población nacional frente a ese “otro” distinto y que el modelo se mantenga en pie.

 

Aun así, para mí era muy claro cómo las raíces de mis padres y el camino que habían escogido al estar en Chile creaban una especie de identidad distinta a la de mis amigos bolivianos y distinta a la de mis amigos chilenos; veía como la diferencia entre rutas y raíces se hacía borrosa. Mi conflicto era que una identidad así, al parecer, no cuadraba con la sociedad en la que estaba inserta, especialmente al momento de postular a concursos nacionales, becas, o analizar en clases de historia quiénes tenían derechos cívicos y quiénes no (obviamente yo siempre estaba entre estos últimos). Para mí, esto significaba tener que escoger entre dos opciones: o te reconoces como distinto, pero no te aceptamos, o te reconoces como uno de nosotros (si cumples con una serie de requisitos que normalmente rondan lo racista y xenofóbico) pero te olvidas de tu otra parte que te hace diferente. Escogí siempre la primera, luchando por cambiar la narrativa, a veces con buenos resultados y logrando la aceptación completa de mi identidad.

 

Lamentablemente, hasta el día de hoy Chile afronta serias dificultades a la hora de integrar a los hijos e hijas de migrantes a los beneficios educativos escolares y universitarios. Sus políticas migratorias siguen teniendo una visión de seguridad nacional al igual que en la época de Pinochet. Sin hablar del creciente sentimiento racista y xenofóbico en la sociedad incitado por grupos de ultra derecha y políticos oportunistas. Lo que traerá como consecuencia graves problemas para el proceso de integración de los hijos de la nueva ola de migración que está experimentando el país.

 

Todavía no existen muchos estudios al respecto de la segunda generación, ya que el foco sigue poniéndose sobre los nuevos migrantes laborales o forzados que están llegando día a día de países como Venezuela o Haití. No obstante, en algunos ámbitos académicos, ya el término “migrantes de segunda generación” genera opiniones encontradas. Muchas de ellas afirman que es una forma más de perpetuar la discriminación y estigmatización que los migrantes reciben al diferenciar también a sus hijos dentro de una sociedad en la que han crecido toda su vida o incluso nacido en ella. Más aún, existen estudios que demuestran que muchas veces las familias migrantes “se abstienen de traspasar a sus hijos las costumbres, usos, valores, actitudes y normas vigentes de su sociedad de origen por miedo a que sus hijos puedan no adaptarse a su nuevo medio social”, según el sociólogo Iñaki García Borrego. Pero negar esta faceta de nuestra identidad implica también borrar una parte importante de nosotros, sobre todo cuando el problema no es nuestro “origen” sino la estigmatización que una sociedad o gobierno puede hacer de aquel.

 

Reconocer nuestras raíces junto a nuestras rutas significa tensionar el carácter homogéneo que trata de imponer el modelo Estado-nación; rendirse ante la asimilación es poner en duda nuestra existencia como una identidad completa. Sin duda, por muchos obstáculos que un gobierno o sociedad puedan imponer a los hijos de la migración, la creación de nuevas subculturas, que ponen en evidencia la diferencia dentro una sociedad que lucha constantemente por reprimirlas, es inevitable.

Andrea Castellón

Andrea Castellón es Cientista Politica de la Universidad Católica de Chile y activista del Movimiento de Acción Migrante Chile (MAM), que aboga por los derechos humanos de los migrantes y desempeñó un papel fundamental en el reciente cambio de la ley de migraciones en Chile. Además, Andrea trabaja en un Centro de Innovación en Ciudades.

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