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"El sueño colombiano": Dibujando las nuevas rutas

Ana Marín Morales  |  15 de febrero 2019  |  Traducido del inglés

Todas las ilustraciones han sido realizadas por la autora

Los habitantes de la frontera venezolana son un reflejo de la crisis social y económica del país vecino a Colombia. Los venezolanos se ven forzados a decidir entre la ausencia de lo conocido (esto es, la falta de comida y medicinas) y la incertidumbre de lo desconocido, llamado con sarcasmo “el sueño colombiano”. El puente internacional Simón Bolívar es uno de los cinco pasos legales para cruzar entre Colombia y Venezuela. Se ha convertido en un lugar de decisión para millones de migrantes obligados a elegir las rutas a venir por encima de sus raíces.

Este fue el caso de Yanira, una madre migrante con dos hijos pequeños y tres piezas de equipaje que experimentó las dificultades de la crisis venezolana de primera mano. Su historia ayuda a entender la quiebra de las estructuras políticas y económicas de Venezuela. En un país que sufre de hiperinflación y escasez, Yanira tiene que tomar una decisión difícil: dejar atrás a sus niños con un desconocido o conservar sus pertenencias. Se encuentra en el dilema entre preservar sus raíces y confrontar nuevas rutas.

La carretilla

 

La región fronteriza entre Venezuela y Colombia es un área marginal. En su libro El sistema-mundo moderno (1974) Wallerstein denomina a esto un territorio periférico que, en ausencia del Estado, se rige por la informalidad. Estas dinámicas son establecidas por aquellos que interpretan el espacio cotidianamente, como diría Henri Lefebvre en La producción del espacio (1991): los migrantes, los comerciantes, las mafias. Sus necesidades y las oportunidades económicas surgen de un profundo cambio social. El “rebusque”, un término que ilustra los inimaginables mecanismos locales para encontrar una fuente de ingresos (por supuesto, sin ninguna regulación estatal), lleva a los propietarios de carretillas a identificar un negocio prometedor en los pasos fronterizos, donde los migrantes necesitan acarrear sus pertenencias. Las carretillas son un negocio no regulado donde los precios se negocian entre el portador y el cliente, y se calculan sobre el número de piezas de equipaje y la distancia.

La historia de Yanira comenzó con la carretilla.


Noviembre 2018, un día cálido y soleado en Cúcuta. Junto con otros colegas decidimos visitar el puente internacional Simón Bolívar. Por 20 minutos permanecimos en el medio del puente, abrumados por el ritmo sin tregua de personas yendo y viniendo. Allí estaba ella. Yanira agarraba a sus hijos de la mano mientras discutía con el propietario de la carretilla, que pretendía cobrar de más por llevar sus pertenencias. Yanira había fijado un precio por el servicio del otro lado de la frontera – en Venezuela – pero este tipo no reconocía el acuerdo anterior y amenazaba con quitarle sus cosas.

La carretilla reunía al propietario, Yanira, mis colegas y mis historias. Distintas disciplinas, nacionalidades e historias reunidas en torno a las dinámicas económicas locales de un territorio marginalizado – en torno al rebusque. Según Igor Kopytoff (La biografía cultural de las cosas, 1986), la biografía de la carretilla abarca, más allá de su naturaleza de artículo de lujo, la mediación de este objeto entre relaciones humanas. La interacción de Yanira con ella ejemplifica la situación en la frontera entre Colombia y Venezuela. Es un cúmulo de negocios ilegales que emergen de la demanda de los habitantes de la frontera al migrar, y la ausencia de los Estados colombiano y venezolano para regularla.

El Bolívar

La hiperinflación en Venezuela ha alcanzado ahora el 95% tras años de crisis que reflejan décadas de gasto gubernamental excesivo y acciones negligentes. Los préstamos directos del banco para pagar los sueldos de los empleados de PDVSA (Petróleos de Venezuela, la compañía nacional de petróleo y gas) y mantener la producción de petróleo; y la decisión de tomar el control por completo del mercado del dólar, y continuar imprimiendo billetes de la nada son algunas de las razones por las que hoy en Venezuela la comida, las medicinas y los productos de higiene son artículos de lujo en lugar de necesidades básicas, como describe Raúl Gallegos en su libro Crude Nations: How Oil Riches Ruined Venezuela (“Naciones crudas: cómo los ricos petroleros arruinaron Venezuela”, 2016). Esto ha tenido serias implicaciones para el bolívar, la moneda nacional venezolana. Por lo tanto, para cuando usted termine de leer este artículo, tendrá un tipo de cambio diferente a cuando empezó.

Yanira tenía en la mano un refajo grueso de billetes. Estaba intentando dárselos al dueño de la carretilla, pero él seguía exigiendo el resto del dinero. “¿Por qué no deja usted aquí a sus niños y sus pertenencias para cruzar de nuevo la frontera y aclarar este incidente con el hombre que le dio la tarifa incorrecta?”. “¿Se cree que dejaría a mis niños y mis cosas con un desconocido como usted?”, le dijo Yanira varias veces. El dueño de la carretilla la amenazó. El refajo de dólares seguía pasando de una mano a la otra.

Ni siquiera con miles de bolívares se pueden comprar alimentos. Los billetes ya no se guardan en carteras o monederos; los billetes se usan como monederos, tal que si fueran de piel. Estos bolsos de mano y figuritas de papiroflexia han sido la respuesta de la gente frente a la devaluación de su moneda. La antropóloga Elizabeth Edwards explica que los objetos pueden representar dinámicas más amplias, como las deudas reflejan el estado del sistema económico de la nación. Los bolívares son la forma tangible que tienen los venezolanos para denunciar la emergencia local. El refajo de billetes de Yanira era algo absurdo, poniendo de manifiesto que la crisis está a punto de alcanzar sus límites.

Las pertenencias de Yanira

 

Según ACNUR, 3 millones de personas han emigrado de Venezuela durante la última crisis. Aunque más de un millón han decidido quedarse en Colombia, la mayor parte de los habitantes de la frontera cruzan el país vecino para dirigirse a otros destinos como Perú, Argentina y Chile. Cuando llega el momento de emprender el éxodo, se ven obligados a llevar sólo algunas de sus pertenencias, ante el caso probable de que tengan que realizar el viaje a pie. De entre estos 3 millones de migrantes, algunos conseguirán un empleo estable, realizando con éxito “el sueño colombiano”. Los demás tendrán que trabajar a cambio de sueldos bajos, unirse a un grupo armado paraestatal o a una banda criminal, o mendigar en las calles.


Pensábamos que el viaje de Yanira empezaba en el puente internacional Simón Bolívar; lo cierto es que este lugar fue casi el final.

 

Después de haber tratado infructuosamente de mediar en la discusión entre Yanira y el dueño de la carretilla, decidimos acarrear sus pertenencias. Ella no lograba entender nada y no paraba de preguntarnos de dónde veníamos. El esposo de Yanira vivía en un barrio de Cúcuta (sarcásticamente llamado Bogotá) desde mediados de 2018. Ella tenía pocas pertenencias. Tan sólo un par de cosas que había decidido traer de su casa, en una ciudad a 18 horas de la frontera. No había elección entre emigrar o no porque sus hijos tenían hambre. Pero la decisión de qué traer y qué dejar siempre permaneció bajo su control.


No podemos predecir la pérdida, pero siempre podemos gestionar el proceso de desafección a través de objetos, como defienden Daniel Miller y Fiona Parrot (Loss and Material Culture in South London – “Pérdida y cultura material en el sur de Londres” –, 2009). Por tanto, cuando los migrantes se marchan de sus casas, inscriben su sentimiento de identidad y futuro en los objetos restantes, porque no tienen ninguna certeza sobre lo que está por venir. En palabras de David Parkin (Mementos as Transitional Objects in Human Displacement – “Los recuerdos como objetos transicionales en el desplazamiento humano” – 1999): sus pertenencias se convierten en la extensión de su persona. La verdad es que los objetos que Yanira llevaba al comenzar su viaje reflejaban su identidad, su tenacidad como madre migrante – como habitante de la frontera. Ahora que había elegido nuevas rutas, sus cazuelas y juegos de cama eran recuerdos y restos de sus raíces.

 

Nuestros corazones latían fuera de control. Llevamos a Yanira, sus pertenencias y sus niños a un taxi donde unas personas de una organización internacional se ofrecieron a conducirla a su destino final. La escena había terminado. Así que permanecimos allí durante un par de minutos en completo silencio mientras llegaba nuestro taxi.

El caso de Yanira no es uno entre un millón; son un millón reflejado en uno. Sus experiencias como migrante y las dificultades con la carretilla, los bolívares y sus pertenencias retratan la crisis venezolana, la microeconomía de la periferia, la escasez, pero sobre todo la voluntad irrefrenable de conservar lo que les vincula a sus raíces. El número creciente de migrantes procedentes de países como Venezuela, Siria o Pakistán, entre otros, nos invita a reflexionar sobre la desigualdad global, las crisis económicas y las políticas gubernamentales que no garantizan la protección efectiva del individuo. Estas dinámicas complejas pueden entenderse más fácilmente a través de objetos que, junto con los migrantes, dibujan recuerdos, historias e identidades.

Ana Marín Morales

Ana Marín Morales (MSc Universidad de Oxford) es antropóloga especializada en cultura material y visual. Investiga proyectos de repatriación de colecciones visuales como herramienta de las iniciativas de renacimiento cultural para el diálogo intergeneracional con las comunidades indígenas en Colombia. Su investigación se interesa por cómo el papel de la memoria puede ampliarse y matizarse a través de la devolución de colecciones audiovisuales para el empoderamiento de las comunidades situadas en zonas de conflicto para impulsar la consolidación de paz y los proyectos de desarrollo.

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