(In)movilidad emocional: Explorando objetos de esperanza, desesperación y de tierras imaginadas

FABIANO SARTORI & MBONGENI NGULUBE  |  15 DE AGOSTO 2020 |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº11

Durante un mes, viví con el patriarca Abu Hassan y su familia en Nahr el-Bared, un campo de refugiados palestinos en el norte de Líbano creado en 1948 como una respuesta de emergencia a la Nakba, la expulsión de los palestinos durante la formación del estado de Israel. Me trató como a un hijo y cada noche esperaban a que yo volviese para que “la familia” pudiera cenar junta. Aquí entendí que la inmovilidad, la transitoriedad y el limbo son un pilar de la experiencia de los inmigrantes y los refugiados. Su desplazamiento y su estatus legal van de la mano. Comienza con la movilidad, marchándose de su hogar; y suele terminar en la inmovilidad, varados en una tierra extraña. La experiencia de los refugiados es, por su propia naturaleza, la encarnación del limbo y la incertidumbre crónica; son inciertos el regreso, el futuro y, después de un tiempo, la identidad. En casos de desplazamiento forzoso, el momento de partir deja pocas posibilidades de escoger el equipaje, y los objetos pequeños son una elección común. A veces, se eligen por su valor práctico, sentimental y a veces económico; otras, son simplemente un talismán para emprender el viaje a lo desconocido.

 

En el campo, la inmovilidad y el tiempo actúan sobre estos pequeños objetos de forma extraña. Muchos refugiados de Nahr el-Bared relataban que, después de un tiempo, los objetos adquirían un significado distinto; estaban impregnados del hogar que había quedado atrás y simbolizaban el sueño del regreso. Con el avance del tiempo y la inmovilidad, los objetos pasan a personificar y almacenar los recuerdos; y después de décadas empiezan a representar la tierra perdida, la esperanza de regresar y finalmente la propia identidad palestina. Quienes habían vivido en Palestina hablaban apasionadamente de sus pertenencias: Farrah, el fundador y líder de una ONG local, se refirió a sus objetos de Palestina como una “biblioteca de recuerdos”; mientras que Ahmed, un hombre de unos 75 años de edad y padre de una familia de diez hijos que ha vivido en condiciones terribles durante los últimos once años, explicó lo importante que era para él la llave de su casa en Palestina. Cuando llegó el ejército israelí, su familia cerró la puerta y no se llevó nada más que la llave, que se convirtió en un símbolo de la esperanza de volver algún día. Él heredó la llave y se convirtió en el guardián de la historia de su familia. Para las generaciones jóvenes, los objetos de fuerte carga simbólica como la bandera palestina eran fundamentales no solo para construir su identidad sino también el enclave urbano del campo donde habían nacido y crecido. Como explicó Fauzi, un chico de 23 años, “Allá donde mires, ves Palestina. Pintamos muchos murales en las paredes, extendemos nuestra bandera, está todo allí. El campo no te permite olvidar que estás en Palestina, y nos hace recordar nuestro hogar todo el tiempo”. 

 

Después de que la invasión militar de Líbano de 2007 desolase Nahr el-Bared, el entorno urbano que se había desarrollado durante décadas quedó en ruinas y muchos objetos pequeños se perdieron. Para entonces, algunos objetos habían alcanzado la categoría de reliquias familiares o fetiches, y los refugiados hablaban con añoranza de esta pérdida de las esperanzas simbolizadas por los objetos. Ahmed exclamó: “Cuando regresé a mi casa en el campo [después de la guerra], todo estaba destruido. Lo intenté, pero no pude encontrar nada. Lo perdí todo, todos mis recuerdos, mi historia. Perdí la llave de mi casa de Palestina. ¡La había tenido conmigo durante 70 años! ¡Perdí la esperanza de regresar a Palestina! Perdí todo lo que podía representar Palestina para mí. La vida ya no tiene sentido. Me cuesta vivir”. Esta “segunda Nakba” hundió a Ahmed en un estado de inmovilidad emocional: un estado de derrota y desesperación en el que incluso conseguir un estatus legal tiene poco valor. Esta es una incertidumbre aún más profunda que erosiona toda determinación, un estado aún más dañino que las restricciones físicas de la vida en el campo de refugiados.

Ahmed estaba visiblemente cansado cuando lo conocí; los dientes maltrechos, la barba sin afeitar, los ojos rojos y las ojeras profundas agudizaban la sensación de sufrimiento. Mientras hablaba, parecía que su llave había ganado un nuevo estatus o poder en su existencia imaginada. Se había vuelto más poderosa en la memoria que en su forma física. En su imaginación, se había “convertido” en Palestina, permitiéndole habitar lo que podríamos llamar el territorio imaginado. Sin embargo, para las generaciones nacidas y criadas en el campo, que nunca habían visto la Palestina de sus padres, esta pérdida fue similar a la Nakba que ha definido la identidad palestina del campo durante muchos años. Para los jóvenes, había una conexión con la historia; para los mayores, una conexión con una Palestina imaginada, y una esperanza perdida. Estos objetos perdidos o imaginados eran el puente invisible entre el pasado, el presente y el futuro. Hafidz, un arquitecto hablador, me mostró las ruinas de su vieja casa y me explicó que “después de tantos años, ya no me siento tan mal viniendo aquí. Hoy esto es solo hormigón. Pero cuando tenía 15 años, la primera vez que regresé fue muy dura y muy triste. Recogí un trozo de hormigón y lo guardé para recordar mi hogar… Cuando no tenemos nada para recordar nuestra historia, es como si nuestro pasado no existiese”.

Cuando se terminó mi estancia en Líbano, Abu Hassan tuvo un gesto de gran amabilidad conmigo. Juntó todo lo que pudo. Recibí de regalo banderas palestinas, cajas, pulseras, fotos de familia, postales, pañuelos, mapas, propaganda política. Mientras me daba estos regalos con lágrimas en los ojos, me dijo: “¡No nos olvides! ¡No olvides Palestina!”. Entonces fue cuando me di cuenta realmente del poder de los objetos que estaba investigando; él había entendido su poder para mantenernos unidos, para construir un vínculo a través del tiempo y del espacio, y años más tarde aún sigo escribiendo sobre ellos. Con esta experiencia, Ahmed y su llave cobraron vida, retratando su (in)movilidad emocional y su profunda añoranza por un territorio imaginario.

* Para proteger la identidad de los entrevistados, todos los nombres de personas citados aquí son pseudónimos.

Fabiano Sartori

Fabiano Sartori es arquitecto y planificador urbano (Máster en Cooperación Internacional: Arquitectura de Emergencia Sostenible, 2018; Máster en Gestión Medioambiental, 2012; Máster en Rehabilitación Medioambiental Sostenible en la Arquitectura y el Urbanismo, 2011) con 15 años de experiencia como investigador y profesional en los sectores público y privado, y en los campos del desarrollo y la acción humanitaria en Brasil, España, Líbano y Grecia. En la actualidad, ha estado trabajando como Asesor de Campo en materia de Medio Ambiente para ACNUR Brasil, en la respuesta de emergencia a la situación en Venezuela.

Mbongeni Ngulube

Mbongeni Ngulube es antropólogo investigador en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universitat Autònoma de Barcelona. Su trabajo actual se centra en la propiedad de la tierra, la identidad, los intercambios y el nexo entre migración y desarrollo (antes y después de las emergencias). Ngulube ha participado en el programa Mundus Urbano dentro del programa de excelencia de la UE y ha dado clase en universidades de Bélgica, Alemania, Francia y España. En la actualidad da clases en el Máster de Cooperación Internacional: Arquitectura de Emergencia Sostenible en la Universitat Internacional de Catalunya. Ngulube tiene una formación en urbanismo, ha realizado tres másteres en Arquitectura, Desarrollo Urbano y Vivienda, y tiene estudios de doctorado en Antropología Social, Cultural y del Desarrollo.

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