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Una relación más allá de las fronteras: El impacto emocional del brexit

CAMILLE DUPONT  |  14 DE FEBRERO 2020  |  TRADUCIDO DEL INGLÉS

Visiblemente francesa, sentimientos encontrados invisibles. Cortesía de la autora.

Un cálido día de junio del año pasado, salí de la estación de tren después de haberme despedido de mi futuro marido y pareja de siete años, que se marchaba destinado con el ejército británico a Oriente Próximo.

Habían pasado 36 meses desde el referéndum del brexit y aún había debates sobre si realmente iba a ocurrir. Theresa May acababa de dimitir como primera ministra, las elecciones al Parlamento Europeo acababan de celebrarse y yo, como muchos otros ciudadanos del la UE, se sentía triste, confundida y sobre todo desorientada. Había pasado los últimos nueve meses en pánico, tratando de no volverme loca, después de que mi prometido anunciase un miércoles por la noche que lo enviaban a Irak.

Nos habíamos conocido en Birmingham, donde yo, ciudadana francesa, estaba pasando un año como parte de mis estudios universitarios a través del programa Erasmus. Después de algunos años de relación a distancia, decidí volver al Reino Unido, lo que fue bastante sencillo. Conseguí un trabajo, un pasaje de ferry, enseñé mi documento de identidad en la frontera y me mudé allí. Me sentí bienvenida. Empecé a beber té con leche y comer pasteles de carne, entablé amistades con británicos y descubrí la vida militar mientras mi novio completaba su formación en Sandhurst. Entonces el 23 de junio de 2016 ocurrió el referéndum sobre el brexit.

El resultado me hizo sentirme rechazada, asustada y enfadada.

Como apunta el informe del estudio publicado por the3million en enero de 2020: “mientras para muchos ciudadanos británicos la posibilidad del brexit ha sido una fecha variable en el futuro hasta hace muy poco, para los ciudadanos de la UE, del Espacio Económico Europeo y de Suiza ha estado ocurriendo en la práctica cada día de sus vidas desde el 24 de junio de 2016”. El brexit, al menos para mí, nunca ha sido un concepto abstracto; desde el mismo día de la votación, me siento invadida por un miedo subyacente y traicionero. No se va, no podría hacer que se fuera. La prensa, como The IndependentThe Guardian, ha recogido la expresión de sentimientos similares. Una ciudadana italiana de cuarenta años resumió la situación en nombre de todos los ciudadanos europeos: “Nos sentimos todos muy solos en esta situación, y lo que de verdad duele es la apatía entre las personas que no se han visto afectadas y que parecen no preocuparse lo suficiente como para alzar la voz. Siguen diciéndonos que estaremos bien. Ya no estamos bien”.

Yo no estaba bien.

Conforme se acercaba la primera fecha del brexit, coincidiendo con la fecha en la que se marcharía mi pareja, me obsesioné con echar raíces. Necesitaba que nos casásemos. Necesitaba que encontrásemos una vivienda. Necesitaba asegurarme de que mi vida tenía lazos con el lugar que ahora consideraba mi casa. Con frecuencia me decían que no fuese catastrofista; muchas personas que conocía y quería, incluso mi pareja, me decían cosas como: “Pasarán años antes de que ocurra el brexit”, que se confundía con “Estará de vuelta antes de que te des cuenta” y “No deportarán ciudadanos europeos, ya lo sabes”.

Pero ellos no lo sabían, y yo tampoco.

La falta de certezas, más que ninguna otra cosa, era una carga constante, inevitable e inescapable. ¿Estaba acaso siendo catastrofista, o era proporcionada mi reacción? ¿Cómo reaccionaría cualquiera ante la perspectiva de ser rechazada, potencialmente expulsada del país que había escogido hacer mi hogar, y quedándome sola, sin la persona por la que me había trasladado allí, mientras esta se halla sirviendo en el ejército de ese mismo país?

Al principio me sentía exhausta.

Esta experiencia prolongada de preocupaciones y preguntas sin respuesta me hizo sentirme desconectada de las personas de mi entorno, de mi país de origen y del Reino Unido. Resulta interesante que el informe de the3million resaltase un sentimiento que resonaba con mi experiencia: la no pertenencia. Lo definen como “el sentimiento de las personas que creían estar bien integradas y de un día para otro se ven desintegradas”. Mi experiencia ha sido difícil de compartir en confianza con mi pareja británica, su familia, mis amigos y compañeros de trabajo. ¿Cómo explicas que cuando el primer ministro Boris Johnson promete poner fin que los inmigrantes “traten a Gran Bretaña como si fuera suya” tú te sientes abatida, incluso traicionada por el sistema al que contribuyes y en el que crees? Me quedé preguntándome si yo formaba aún parte del debate público. Si nadie a mi alrededor podía entender mi punto de vista, ni tan siquiera oírlo, ¿formaba aún parte de aquella comunidad? De manera similar, Francia se sentía lejos y mis preocupaciones tampoco se entendían del otro lado del canal.

Cuanto más intentaba entender por qué sentía que me estaba volviendo loca, más aparecían los auténticos parámetros del abandono. Parecía que el país que me rechazaba también me estaba arrebatando a la persona que me hacía sentir más en casa. Y no es una aflicción temporal, es como son las cosas para las parejas de los militares que además son ciudadanos europeos. En frío, esto puede ser una observación muy dura sobre el país que me dio tanto, pero el golpe de la separación personal solo sirvió para hacer la potencial división a la que nos enfrentábamos aún más real. Esta experiencia me ha hecho darme cuenta de que los desafíos a los que se enfrentan los ciudadanos europeos no son transitorios sino sistémicos.

¿Y ahora qué?

Nací en Francia en los años 90 y no puedo recordar como era la vida antes del Acuerdo de Schengen. Crecí en Lille, en el norte de Francia, y de niña cruzaba sin dificultad una frontera invisible con mis padres para ir a comprar plantas para el jardín y cervezas para la mesa. Más adelante, cuando estudiaba en Estrasburgo, podía cruzar la frontera con Alemania en cualquier momento, principalmente en busca de una hamburguesa nocturna en el local de comida rápida abierto 24 horas. A pesar de que la frontera entre Francia y el Reino Unido no era fluida, siempre fue sencillo cruzar para hacer una visita rápida a mi familia. Hoy, mi familia y amigos están preocupados porque no saben si podrán asistir a nuestra boda dentro de unos meses, ya que se celebrará en Inglaterra.

El amor que siento tanto por mi pareja como por mi país de adopción, que se ha formado a través de las fronteras, permanece intacto y sólido, y para mí es la prueba de que ningún tipo de brexit podrá destruir todo esto por completo. Aún votaré en las próximas elecciones municipales, aún me implicaré en mi comunidad y aún será un honor para mí si un día me conceden la nacionalidad británica. Es la combinación del amor por una persona, un lugar y una cultura, todo ello poniendo a prueba las turbulencias emocionales que se pueden llegar a experimentar.

Ya lo dijo Toni Morrison: “El amor es solo divino y siempre difícil. Si piensas que será fácil, entonces eres un necio”.

Camille Dupont

Camille es editora, periodista multimedia y especialista en comunicación. Ha trabajado con organizaciones como European Youth Press, The National Student y el Consejo de Europa. Tiene un máster en Estrategia Corporativa y Finanzas de Sciences Po Estrasburgo, así como un diploma con nivel de máster en derecho, economía, historia, sociología y ciencia política. Le apasionan las cuestiones de la mujer, la representación, la educación y todo lo que tenga que ver con la igualdad de oportunidades.

Twitter: @CamilleComeOn

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