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Emociones en tránsito: entender el arraigo desde el avión

FAIZAL BIN ABDUL AZIZ  |  15 DE DICIEMBRE 2019  |  TRADUCIDO DEL INGLÉS

El entorno del avión puede ser abrumador y confuso para los trabajadores migrantes que se encuentran en él por primera vez. Imagen del autor.

Los aviones evocan una cierta sensación de entusiasmo y espíritu viajero para quienes tienen la suerte de viajar en ellos. Estemos de un viaje de negocios o de vacaciones, es probable que el avión haya pasado inadvertido a nuestros ojos. Era simplemente un vehículo para llevarnos desde nuestro país hasta nuestro destino ideal. Sin embargo, para los trabajadores migrantes que ven por primera vez un avión cuando parten en busca de trabajo, la cabina puede ser desconcertante. Este artículo se ocupa de las experiencias de hombres bangladesíes que trabajan en la construcción y mujeres indonesias que trabajan como empleadas domésticas, que viajan a bordo de un avión comercial para trabajar en países como Emiratos Árabes Unidos, Malasia y Singapur.

 

A menudo, la migración de estos trabajadores satisface las necesidades de los países receptores, que persiguen proyectos nacionales tan ostentosos como la construcción de edificios emblemáticos, o el desarrollo más prosaico de infraestructuras de transporte, o incluso el cuidado de los hogares como empleadas internas. Estos proyectos están estrechamente ligados a la noción de arraigo en países desarrollados, un “arraigo” a la que los trabajadores migrantes contribuyen arriesgando la suya propia. El avión es el primer espacio donde este riesgo se hace patente. Los sentimientos de incertidumbre y arraigo ocupan las mentes de estos “trabajadores en tránsito” y se ponen de manifiesto en sus encuentros dentro del avión.

Al embarcar los pasajeros, la amable tripulación los saluda y les señala sus respectivos asientos. Queda claro que los trabajadores migrantes se sienten desorientados al no entender las indicaciones (“Caballero, su asiento está dos filas más allá, junto a la ventana”), y perplejos cuando se les pide que separen sus equipajes (“Señora, todas las maletas tienen que colocarse en los compartimentos superiores”). Estos ejemplos de las experiencias durante el vuelo convierten la cabina en un espacio extraño y alienante, que vuelve a los trabajadores momentáneamente inmóviles. Dado que la lengua inglesa y el espacio de la cabina no son encuentros familiares para los migrantes, les es difícil adaptarse al entorno. Podría decirse que el avión es un precursor de las dificultades (iniciales) que pueden afrontar en un nuevo contexto, exacerbadas por las diferencias lingüísticas. Uno se pregunta qué pasa por sus mentes al hacer frente a los sentimientos de desorientación que pueden volver a surgir mientras tratan de averiguar lo que significa encontrar su sitio en un determinado lugar. 

Mientras exploran sus sentimientos de arraigo, los migrantes rápidamente aprenden las “normas de vuelo” de la mano de los azafatos que los guían a través de lo que puede parecer instintivo para el viajero frecuente. La normativa de seguridad y las prácticas habituales de abrocharse los cinturones, permanecer sentados durante las turbulencias, pedir la comida o incluso localizar los aseos son conceptos ajenos que requieren aprendizaje. Los trabajadores migrantes viven la experiencia de la cabina como un espacio que los infantiliza, con los auxiliares de vuelo indicando constantemente “qué hacer” y “cómo comportarse”. Además, el avión se carga de una atmósfera de confusión cuando los agentes que acompañan a los migrantes se ocupan de las cuestiones administrativas relacionadas con contratos, aduanas e inmigración. A pesar de ser adultos, se juzga que los migrantes necesitan supervisión debido a su falta de familiaridad o analfabetismo. Esto choca frontalmente con su identidad como adultos, y a la vez cimenta su identidad como trabajadores en tránsito, que nunca llegan a pertenecer del todo a la comunidad ni a ser vistos como capaces de ocuparse de sí mismos.

 

Sin embargo, en medio de las dificultades, los migrantes encuentran estrategias para hacer frente al desarraigo. Aprovechan el vuelo para formar redes entre sí. Si bien muchos proceden de la misma agencia, tienen el mismo empleador y se alojan en la mismo lugar, algunos no tienen tanta suerte y se dispersarán al llegar. Esto suele ser lo que ocurre con las empleadas domésticas, que trabajarán y se alojarán con familias diferentes. Así, el espacio de contacto que provee el avión es una premisa y una promesa de arraigo en un nuevo entorno. A pesar de la incertidumbre, estos trabajadores reclaman activamente el sentimiento de arraigo a través de la perspectiva de encontrar una comunidad. La creación de un sistema de apoyo al partir al extranjero es una condición importante para sentirse seguros en un país nuevo.

 

En última instancia, desde la perspectiva de los trabajadores migrantes, la cabina del avión no es un espacio inerte. Es el lugar donde los migrantes sienten y experimentan el (des)arraigo por primera vez. Al relatar estas dimensiones afectivas que simultáneamente intimidan y dan esperanza a los migrantes, queda de manifiesto que el avión y las interacciones que tienen lugar en su interior son una parte importante de la historia de los migrantes. Al embarcarse en nuevas vidas en ciudades a cuyo desarrollo están contribuyendo, el viaje de los trabajadores migrantes - que comenzó en el avión - no debe pasar inadvertido.

Faizal Bin Abdul Aziz

Faizal cursa el Máster de Naturaleza, Sociedad y Gobernanza Medioambiental en la Facultad de Geografía y Medio Ambiente de la Universidad de Oxford. Anteriormente trabajó como auxiliar de vuelo, lo que le ha inspirado para investigar todo lo relacionado con la aviación; sobre todo, cuestiones de justicia y cultura laboral, relaciones socioespaciales y sostenibilidad.

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