Teorías del fin de los tiempos: La intersección de las teorías de la conspiración del COVID-19 y la movilidad de los trabajadores en Ibadán bajo un confinamiento parcial

ANYAH RICHARD  |  20 DE JUNIO 2020  |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº10

‘Micra’. Fotografía de Tope Ajayi, @iamtopeajayi, 2020.

Jumoke está sentada en su tienda, discutiendo con la clientela sobre la naturaleza de esta nueva enfermedad de manera firme pero amable. A diferencia de muchos habitantes de Ibadán este mes de abril, su negocio está considerado esencial, así que mantiene sus horarios de apertura diarios, aunque mucho más reducidos. Les dice a sus clientes, un grupo de albañiles, que el coronavirus es real y que podría suponer una amenaza para toda Nigeria si no se controla. A diferencia de Jumoke, sus clientes son hombres jóvenes, y su género y ocupación les de una confianza arrogante. Uno de ellos, un hombre alto y musculado llamado Marouf, le dice a Jumoke que el COVID-19 es una enfermedad de la clase alta, de los que han ido a América, y que por tanto él y sus chicos creen que pocos trabajadores como ellos se llegarán a contagiarse del virus.

 

Esta opinión del que el COVID-19 es una enfermedad de la clase alta ha circulado durante semanas en Nigeria. Es posible interpretar esto como un producto de la creencia de que un país tan dividido como Nigeria podría tener una enfermedad que se extendiese entre los miembros de la clase alta sin tener demasiado efecto sobre los pobres. En Nigeria, los pobres, tan alejados de las realidades de los ricos, creen que están protegidos frente al COVID-19. Esta convicción firme resulta de entrada contraintuitiva tanto para el conocimiento científico de las pandemias como para las dinámicas globales de expansión del coronavirus, especialmente en sociedades tan estratificadas como Nigeria. Sin embargo, esta teoría, que busca vincular los límites de la propagación de la enfermedad con las divisiones de clase, está lejos de ser la única historia basada en rumores que circula entre los trabajadores de Ibadán. Este artículo trata de ayudar a evaluar y entender los mecanismos y las implicaciones de esta transmisión, influida por la movilidad continuada (aunque reducida) de los trabajadores de Ibadán.

 

Los rumores se propagan para cubrir lagunas percibidas en la información. Lo que ha quedado patente en Nigeria en el transcurso de las últimas semanas de la pandemia es que el gobierno no puede proporcionar información original más allá de las meras cifras de infectados, recuperados y fallecidos. Eso, sumado a una profunda desconfianza hacia las esqueléticas noticias que producen las fuentes oficiales, obliga a muchos nigerianos a confiar unos en otros para conseguir información. Así nace un terreno fértil para la difusión de rumores y teorías de las conspiraciones, dado que muchos nigerianos son muy religiosos y confían en las opiniones de predicadores y curanderos religiosos más que en las del personal sanitario.

 

Entre los trabajadores, el empleo de teléfonos básicos y la falta de redes sociales en sus hábitos comunicativos hacen que sea necesario el contacto interpersonal para transmitir información. Esto, en el contexto de la movilidad en una situación de confinamiento parcial, ayuda a los trabajadores de Ibadán a construir su propia cámara de eco, intercambiando consejos, miedos, opiniones e incluso supuestas curas para el COVID-19, incluso sin la eficiencia del algoritmo de las redes sociales.


 

Marouf y los chicos

 

No todos los trabajadores creen que la pandemia afecte solo a los ciudadanos ricos; más bien, sus creencias reflejan ciertos hechos de sus vidas. Marouf, que es el líder del grupo, apunta a uno de sus chicos llamado Samson. Este chico cree que el coronavirus es una señal del comienzo de una conspiración contra los cristianos. No tiene el lenguaje para explicar su punto de vista con claridad, pero dice en pidgin: “No quieren que vayamos a la iglesia, y en Semana Santa fuimos” (“dem no want make we go church, and na Easter season we dey”). Este miedo a que el virus sea un instrument de persecución religiosa está presente entre los cristianos y los musulmanes en Nigeria, y cuando le pregunto a Samson de dónde ha sacado esta idea, me dice que un pastor se lo contó. Para él, las palabras de un pastor son más creíbles que ninguna otra opinión. Wumi, una mujer que trabaja como cargadora para los albañiles, dice que ella y sus amigos no pueden creer en el virus, porque no han visto aún a ninguna de sus víctimas.

 

Kunle, que trabaja con el aluminio en otro lugar de la ciudad muy lejos de Marouf y sus chicos, dice que no hay ninguna enfermedad que el conocimiento de las hierbas y los remedios tradicionales no pueda curar.  De hecho, él y sus compañeros de trabajo han aumentado su dosis de mezclas de hierbas, que compra a una anciana cerca de su apartamento. Para estos hombres, un confinamiento total de la ciudad implicaría no poder visitar a su proveedora de hierbas, y para muchos de ellos esta posibilidad es aún más aterradora que la pérdida de ingresos que conllevaría un confinamiento total.

 

Muchos de los trabajadores entrevistados mantenían estas opiniones y otras muy similares. Además, la movilidad diaria a los lugares de trabajo y el contacto con otros contribuyen a crear una cámara de eco para las opiniones de los trabajadores. Aunque son creencias potencialmente peligrosas, no hay ninguna alternativa en la que estén dispuestos a confiar. Un trabajador llamado Sadiq dijo que, ya que los poderosos estaban muriendo por el virus, se estaban inflando las cifras del COVID-19 para mantener a los pobres a raya y evitar las protestas. Para él, la clase alta enferma del virus no tienen ya más herramientas que el engaño para aferrarse al poder.

 

La situación de los trabajadores podría agravarse y convertirse en un escenario más peligroso: si hubiese un pico de casos de COVID-19 en la ciudad, una población desconfiada es más propensa a ignorar las recomendaciones de higiene y seguridad pública, y confiar en su lugar en una mezcla de curas de fe y remedios tradicionales, o encontrar aún más consuelo en los rumores. Además, en ese caso, ¿podría una ciudad como Ibadán, en un país en vías de desarrollo como Nigeria, permitirse arrebatar la movilidad a sus habitantes, cuando dependen de esta movilidad para sus empleos en la economía informal?

Anyah Richard

Anyah Richard es estudiante y asistente de investigación en la Unidad de Estudios de Diáspora y Transnacionales del Instituto de Estudios Africanos, Universidad de Ibadán. Le interesan los orígenes de las lagunas religiosas en el Atlántico Negro y el racismo persistente en la comedia estadounidense. Ha contribuido a escribir un informe sobre migración irregular desde Nigeria para la oficina regional de la UNESCO en Abuya.

Otros artículos

Irene.jpg

¿Y si fuera el final de la movilidad? Una lectura (no tan) distópica de la actualidad

Temilorun Olanipekun.jpg

No te acerques: El drama de los niños de la calle durante la “inmovilidad forzosa” del COVID-19

CD

Una relación más allá de las fronteras: El impacto emocional del Brexit

 2020, Routed Magazine   |   Creative Commons BY-NC-ND 4.0   |   Privacidad