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Miedo, migración (climática) y el movimiento global por la justicia climática

Victor Beaume  |  15 de Junio 2019  |  Traducido del inglés

People's Climate March, Nueva York. Foto de Susan Melkisethian

En los últimos meses, hemos sido testigos de una escalada mundial de las protestas y las huelgas escolares exigiendo que los gobiernos tomen medidas contra la destrucción de los ecosistemas del planeta a manos del hombre. Una de estas formas legítimas y necesarias de protesta ciudadana es la emblemática Extinction Rebellion, que ha logrado concienciar a la población acerca de los riesgos de la inacción en materia climática en el Reino Unido y más allá, a través de sus acciones de desobediencia civil no violenta ampliamente retransmitidas en los medios. Sin embargo, recientemente surgió la controversia en Twitter a propósito del uso del término “migración masiva” al enumerar las consecuencias principales del cambio climático en su web. Aunque se reemplazó la expresión por la noción menos controvertida de “desplazamiento masivo”, este debate es representativo de una incertidumbre más profunda dentro de los movimientos por la justicia climática sobre cómo comunicar las cuestiones de movilidad y desplazamiento provocado y afectado por el cambio climático. En lugar de reproducir los discursos tradicionales que representan a los migrantes (climáticos) como una amenaza a la seguridad en la era de las catástrofes climáticas, se deben hacer importantes esfuerzos para favorecer una perspectiva inclusiva basada en la justicia.

 

Más allá de tratarse simplemente de una cuestión de ambigüedad, el movimiento por el clima ha estado, y permanece, marcado por los intentos de “infiltración” de movimientos e ideologías anti-inmigración. En Bélgica, Schild en Vrienden, una organización nacionalista flamenca, ha organizado protestas anti-inmigración y asistido a las marchas semanales por el clima organizadas por los estudiantes simultáneamente. En uno de estos últimos eventos, se pudo ver a su líder mostrando un cartel con un mapamundi que resaltaba diez ríos en Asia y África que “aportan el 95% del plástico al mar”. Esta percepción de las poblaciones del Sur Global como amenazas tanto para el medio ambiente como del cambio climático no es un fenómeno nuevo. En efecto, este ejemplo es revelador de lo que la profesora Betsy Hartmann llama el “verdeamiento del odio”: culpar a los inmigrantes (y a las comunidades del Sur Global) de la degradación medioambiental. De hecho, en los años noventa proliferaron los argumentos conservadores y neomalthusianos defendiendo que la “sobrepoblación” representa una gran amenaza a la seguridad. Arraigados en viejos estereotipos coloniales sobre “explosiones de población” y “prácticas de cultivo destructivas” de los pueblos colonizados, esta “narrativa de la degradación” plantea que “la pobreza causada por la presión demográfica hace que los campesinos del Tercer Mundo degraden su entorno a través de la sobreexplotación agrícola y el sobrepastoreo de tierras marginales”, en palabras de Hartmann. Según este razonamiento, esos factores y los consiguientes “conflictos tribales” por los recursos escasos acabarían por empujar a las “masas” a emigrar hacia pastos más verdes, donde (supuestamente) los migrantes adoptan hábitos de consumo menos ecológicos y contribuyen a aumentar las emisiones de CO2, dañando aún más el medio ambiente.

 

El “migrante climático”, normalmente representado como un “cuerpo marrón o negro” del Sur Global, se convierte así en una amenaza fácil de invocar “ligada a los miedos más profundos de la ciudadanía sobre el cambio climático”. Este discurso conjuga las preocupaciones nacionalistas por la raza y la cultura con la explotación de las inquietudes cada vez más extendidas por los problemas ecológicos, todo ello en favor de intereses retrógrados y reaccionarios. Extinction Rebellion ha empleado con éxito el miedo a la “extinción” para concienciar sobre el cambio climático y la destrucción de la biodiversidad; sin embargo, en el caso de la migración climática, se hace evidente que jugar con los miedos es como jugar con fuego.

 

La continuación política de la idea de que la migración climática supone una amenaza a la seguridad pone de manifiesto lo fácilmente que este tipo de lenguaje peligroso puede penetrar el discurso convencional, en especial cuando los titulares se hacen eco de predicciones alarmistas de una inminente “migración masiva”. Instituciones influyentes como el Consejo de la Unión Europea y el Departamento de Defensa estadounidense han definido explícitamente los conflictos causados por el cambio climático como “disputas por los refugiados y los recursos”, destacando que la “migración masiva” puede provocar inestabilidad en diversas regiones. Este discurso, que se centra en el potencial desestabilizador de estos “movimientos desordenados masivos”, reduce inevitablemente las opciones a una perspectiva restringida y militarista, relegando los derechos de quienes se desplazan a una cuestión secundaria. La reciente respuesta violenta del gobierno de Trump a la llegada de migrantes centroamericanos a la frontera, algunos de los cuales han partido de sus países a causa del impacto de catástrofes climáticas tanto de evolución lenta como repentinas, es tal vez un ejemplo temprano de los efectos de aplicar una perspectiva securitaria a la migración climática.

 

De manera similar, el presidente húngaro János Áder, aliado próximo a Viktor Orbán, también ha afirmado que las estrategias para luchar contra el cambio climático y la migración tienen que ir a la par. En la práctica, no obstante, parece probable que las políticas para reducir las cifras de la inmigración, además de limitar los derechos de las personas en movimiento, servirán para ensombrecer los esfuerzos necesarios para mitigar el cambio climático. Mientras que estos últimos suelen ser más costosos y políticamente difíciles, “ser duro” con los migrantes (climáticos) se percibe como un método efectivo para mantener la estabilidad en un mundo incierto y cambiante. En el ejemplo estadounidense, vemos esto en acción con el refuerzo del control de fronteras y la limitación de la protección disponible para aquellos que huyen de desastres medioambientales, al tiempo que se rehúsa tomar medidas para reducir las emisiones y otros factores de desregulación climática. Naomi Klein ha llamado a esto una “forma particularmente brutal de adaptación al cambio climático”, una tendencia a la que movimientos sociales como Extinction Rebellion tienen que desafiar activamente de dos maneras fundamentales: luchando contra la desinformación sobre la migración climática y construyendo un discurso inclusivo, cimentado en la justicia para los más afectados.

 

En vez de existir como el “elefante en la sala” y caer presas de eslóganes de campaña oportunistas o simplistas, las dinámicas de la migración climática deberían ser (re)contextualizadas con exactitud. En primer lugar, la cuestión de la responsabilidad ha de ser central para contrarrestar la persistencia del “verdeamiento del odio”, fijándonos en las estructuras y desigualdades globales que provocan tanto el cambio climático como el desplazamiento: los modelos de producción y consumo insostenibles y explotadores impulsados por las compañías multinacionales y los países y ciudadanos pudientes. Si bien las campañas de Extinction Rebellion han sido efectivas transmitiendo esta parte de la historia, necesita hacerse más para combatir el tono alarmista de las nociones de “migración masiva” sin matices. Como ocurre con la migración en general, el imperativo es buscar maneras de comunicar la complejidad del desplazamiento en un clima cambiante. El desafío es pensar más allá de las predicciones inciertas para entender la migración climática como un continuo, caracterizado por distintos grados de voluntariedad y duración, movimientos internacionales pero sobre todo internos, así como situaciones de inmovilidad. A fin de cuentas, los activistas y las organizaciones que componen el dinámico y mediático movimiento global por el clima tienen un papel importante manteniéndose vigilantes y desafiando los impulsos de securitización nacidos del miedo a la migración y al cambio climático.

 

Como movimiento global en auge, Extinction Rebellion está también en posición de defender los derechos de los más afectados. El reto no es solo responder a los desafíos que presenta la desregulación del clima, sino también cómo lo hacemos. En definitiva, la exigencia de medidas para proteger y solidarizarnos como los individuos más golpeados por el clima tienen que estar en el centro de cualquier movimiento por la justicia climática global, teniendo en cuenta la desigualdad en las vulnerabilidades y responsabilidades, tan presentes en esta lucha. Estas reflexiones para construir un movimiento climático verdaderamente democrático y de base amplia exigen que, en lugar de entender la migración como una patología, pensemos en soluciones donde los migrantes (climáticos) sean bienvenidos a través de vías legales y con estándares de protección adecuados. En relación con esto, es una oportunidad para abrir espacios de deliberación sobre las reparaciones para los desplazados y los más afectados, en especial con instrumentos como el Mecanismo Internacional de Varsovia para las Pérdidas y los Daños de Naciones Unidas, aún muy limitado en términos de financiación y mandato legal.


Reivindicar la justicia climática únicamente con vistas a combatir el carbón y las emisiones de CO2 y promover las renovables corre el riesgo de dejar de lado nuestros deberes con los países y las comunidades más afectados, menos responsables y más desfavorecidos. Paralelamente, contrarrestar la ambigüedad, las incursiones nacionalistas y la securitización también implica oponerse a respuestas reaccionarias y retrógradas. La única solución es involucrarnos en la llamada “emergencia climática” con claridad. Movilizar la solidaridad transnacional con aquellos cuyas voces son tan a menudo ignoradas debería ser una prioridad.

En los últimos meses, hemos sido testigos de una escalada mundial de las protestas y las huelgas escolares exigiendo que los gobiernos tomen medidas contra la destrucción de los ecosistemas del planeta a manos del hombre. Una de estas formas legítimas y necesarias de protesta ciudadana es la emblemática Extinction Rebellion, que ha logrado concienciar a la población acerca de los riesgos de la inacción en materia climática en el Reino Unido y más allá, a través de sus acciones de desobediencia civil no violenta ampliamente retransmitidas en los medios. Sin embargo, recientemente surgió la controversia en Twitter a propósito del uso del término “migración masiva” al enumerar las consecuencias principales del cambio climático en su web. Aunque se reemplazó la expresión por la noción menos controvertida de “desplazamiento masivo”, este debate es representativo de una incertidumbre más profunda dentro de los movimientos por la justicia climática sobre cómo comunicar las cuestiones de movilidad y desplazamiento provocado y afectado por el cambio climático. En lugar de reproducir los discursos tradicionales que representan a los migrantes (climáticos) como una amenaza a la seguridad en la era de las catástrofes climáticas, se deben hacer importantes esfuerzos para favorecer una perspectiva inclusiva basada en la justicia.

 

Más allá de tratarse simplemente de una cuestión de ambigüedad, el movimiento por el clima ha estado, y permanece, marcado por los intentos de “infiltración” de movimientos e ideologías anti-inmigración. En Bélgica, Schild en Vrienden, una organización nacionalista flamenca, ha organizado protestas anti-inmigración y asistido a las marchas semanales por el clima organizadas por los estudiantes simultáneamente. En uno de estos últimos eventos, se pudo ver a su líder mostrando un cartel con un mapamundi que resaltaba diez ríos en Asia y África que “aportan el 95% del plástico al mar”. Esta percepción de las poblaciones del Sur Global como amenazas tanto para el medio ambiente como del cambio climático no es un fenómeno nuevo. En efecto, este ejemplo es revelador de lo que la profesora Betsy Hartmann llama el “verdeamiento del odio”: culpar a los inmigrantes (y a las comunidades del Sur Global) de la degradación medioambiental. De hecho, en los años noventa proliferaron los argumentos conservadores y neomalthusianos defendiendo que la “sobrepoblación” representa una gran amenaza a la seguridad. Arraigados en viejos estereotipos coloniales sobre “explosiones de población” y “prácticas de cultivo destructivas” de los pueblos colonizados, esta “narrativa de la degradación” plantea que “la pobreza causada por la presión demográfica hace que los campesinos del Tercer Mundo degraden su entorno a través de la sobreexplotación agrícola y el sobrepastoreo de tierras marginales”, en palabras de Hartmann. Según este razonamiento, esos factores y los consiguientes “conflictos tribales” por los recursos escasos acabarían por empujar a las “masas” a emigrar hacia pastos más verdes, donde (supuestamente) los migrantes adoptan hábitos de consumo menos ecológicos y contribuyen a aumentar las emisiones de CO2, dañando aún más el medio ambiente.

 

El “migrante climático”, normalmente representado como un “cuerpo marrón o negro” del Sur Global, se convierte así en una amenaza fácil de invocar “ligada a los miedos más profundos de la ciudadanía sobre el cambio climático”. Este discurso conjuga las preocupaciones nacionalistas por la raza y la cultura con la explotación de las inquietudes cada vez más extendidas por los problemas ecológicos, todo ello en favor de intereses retrógrados y reaccionarios. Extinction Rebellion ha empleado con éxito el miedo a la “extinción” para concienciar sobre el cambio climático y la destrucción de la biodiversidad; sin embargo, en el caso de la migración climática, se hace evidente que jugar con los miedos es como jugar con fuego.

 

La continuación política de la idea de que la migración climática supone una amenaza a la seguridad pone de manifiesto lo fácilmente que este tipo de lenguaje peligroso puede penetrar el discurso convencional, en especial cuando los titulares se hacen eco de predicciones alarmistas de una inminente “migración masiva”. Instituciones influyentes como el Consejo de la Unión Europea y el Departamento de Defensa estadounidense han definido explícitamente los conflictos causados por el cambio climático como “disputas por los refugiados y los recursos”, destacando que la “migración masiva” puede provocar inestabilidad en diversas regiones. Este discurso, que se centra en el potencial desestabilizador de estos “movimientos desordenados masivos”, reduce inevitablemente las opciones a una perspectiva restringida y militarista, relegando los derechos de quienes se desplazan a una cuestión secundaria. La reciente respuesta violenta del gobierno de Trump a la llegada de migrantes centroamericanos a la frontera, algunos de los cuales han partido de sus países a causa del impacto de catástrofes climáticas tanto de evolución lenta como repentinas, es tal vez un ejemplo temprano de los efectos de aplicar una perspectiva securitaria a la migración climática.

 

De manera similar, el presidente húngaro János Áder, aliado próximo a Viktor Orbán, también ha afirmado que las estrategias para luchar contra el cambio climático y la migración tienen que ir a la par. En la práctica, no obstante, parece probable que las políticas para reducir las cifras de la inmigración, además de limitar los derechos de las personas en movimiento, servirán para ensombrecer los esfuerzos necesarios para mitigar el cambio climático. Mientras que estos últimos suelen ser más costosos y políticamente difíciles, “ser duro” con los migrantes (climáticos) se percibe como un método efectivo para mantener la estabilidad en un mundo incierto y cambiante. En el ejemplo estadounidense, vemos esto en acción con el refuerzo del control de fronteras y la limitación de la protección disponible para aquellos que huyen de desastres medioambientales, al tiempo que se rehúsa tomar medidas para reducir las emisiones y otros factores de desregulación climática. Naomi Klein ha llamado a esto una “forma particularmente brutal de adaptación al cambio climático”, una tendencia a la que movimientos sociales como Extinction Rebellion tienen que desafiar activamente de dos maneras fundamentales: luchando contra la desinformación sobre la migración climática y construyendo un discurso inclusivo, cimentado en la justicia para los más afectados.

 

En vez de existir como el “elefante en la sala” y caer presas de eslóganes de campaña oportunistas o simplistas, las dinámicas de la migración climática deberían ser (re)contextualizadas con exactitud. En primer lugar, la cuestión de la responsabilidad ha de ser central para contrarrestar la persistencia del “verdeamiento del odio”, fijándonos en las estructuras y desigualdades globales que provocan tanto el cambio climático como el desplazamiento: los modelos de producción y consumo insostenibles y explotadores impulsados por las compañías multinacionales y los países y ciudadanos pudientes. Si bien las campañas de Extinction Rebellion han sido efectivas transmitiendo esta parte de la historia, necesita hacerse más para combatir el tono alarmista de las nociones de “migración masiva” sin matices. Como ocurre con la migración en general, el imperativo es buscar maneras de comunicar la complejidad del desplazamiento en un clima cambiante. El desafío es pensar más allá de las predicciones inciertas para entender la migración climática como un continuo, caracterizado por distintos grados de voluntariedad y duración, movimientos internacionales pero sobre todo internos, así como situaciones de inmovilidad. A fin de cuentas, los activistas y las organizaciones que componen el dinámico y mediático movimiento global por el clima tienen un papel importante manteniéndose vigilantes y desafiando los impulsos de securitización nacidos del miedo a la migración y al cambio climático.

 

Como movimiento global en auge, Extinction Rebellion está también en posición de defender los derechos de los más afectados. El reto no es solo responder a los desafíos que presenta la desregulación del clima, sino también cómo lo hacemos. En definitiva, la exigencia de medidas para proteger y solidarizarnos como los individuos más golpeados por el clima tienen que estar en el centro de cualquier movimiento por la justicia climática global, teniendo en cuenta la desigualdad en las vulnerabilidades y responsabilidades, tan presentes en esta lucha. Estas reflexiones para construir un movimiento climático verdaderamente democrático y de base amplia exigen que, en lugar de entender la migración como una patología, pensemos en soluciones donde los migrantes (climáticos) sean bienvenidos a través de vías legales y con estándares de protección adecuados. En relación con esto, es una oportunidad para abrir espacios de deliberación sobre las reparaciones para los desplazados y los más afectados, en especial con instrumentos como el Mecanismo Internacional de Varsovia para las Pérdidas y los Daños de Naciones Unidas, aún muy limitado en términos de financiación y mandato legal.


Reivindicar la justicia climática únicamente con vistas a combatir el carbón y las emisiones de CO2 y promover las renovables corre el riesgo de dejar de lado nuestros deberes con los países y las comunidades más afectados, menos responsables y más desfavorecidos. Paralelamente, contrarrestar la ambigüedad, las incursiones nacionalistas y la securitización también implica oponerse a respuestas reaccionarias y retrógradas. La única solución es involucrarnos en la llamada “emergencia climática” con claridad. Movilizar la solidaridad transnacional con aquellos cuyas voces son tan a menudo ignoradas debería ser una prioridad.

Victor Beaume

Victor finalizó recientemente un Máster en Estudios sobre Refugiados y Migraciones Forzadas en la Universidad de Oxford, donde su investigación se centró en las políticas de reasentamiento de migrantes y la política en torno a ellas. Desde que regresó a Bélgica ha estado crecientemente involucrado en el movimiento por la justicia climática, lo que le ha motivado a seguir explorando las repercusiones políticas y humanas relacionados con el cambio climático y la migración.

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