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Todo sea por los estudios: Historia de dos pasaportes

Ashley Thao Dam  |  15 de junio 2019  |  Traducido del inglés

Todavía recuerdo la intensidad del pánico y la ansiedad cuando abrí los resultados de la primera ronda del proceso de admisiones de doctorado de la Università Degli Studi di Scienze Gastronomiche (Universidad de Ciencias Gastronómicas, UNISG) en Pollenzo, Italia. Había regresado a Estados Unidos, a mi estado natal de Maryland, por varias razones: la boda de mi primo, evitar mi trabajo de fin de máster, y tratar de decidir los pasos siguientes en mi vida. Mis dos opciones en aquel momento implicaban algún tipo de movimiento: me desplazaría bien al otro lado del Atlántico, a Italia; o bien al Pacífico, para asentarme en Long Beach donde (con suerte) lograría forjar una carrera en medicina. Con destellos del sol californiano brillando sobre uno de los caminos y el otro bañado en varios tipos de vino italiano, me mordí el labio y tomé la decisión que parecía obvia: me iba a Italia.

 

Durante mi infancia, las ideas de desplazarse, del movimiento y la migración existían como un recordatorio doloroso de todos los sacrificios que mis padres habían tenido que hacer para que yo naciese y creciese como una ciudadana estadounidense. Mis padres eran ambos refugiados que escaparon el genocidio y la guerra, con lo que estoy familiarizada con el concepto de migrar como medio para buscar una “vida mejor”, en especial cuando ya de entrada la vida no te ha dado una oportunidad para quedarte. Esencialmente, la migración parecía venir en el mismo paquete que algunas formas de sufrimiento excepcional, junto con la actitud de que este “sufrimiento” era necesario para progresar o mejorar las condiciones de uno. Migrar era marcharse, marcharse era estar solo, y eso era lo último que se pudiera desear.

 

Tenía 18 años cuando decidí que marcharme era todo lo que quería hacer en la vida. Quería viajar, quería aprender y quería ayudar a la gente. Tras escudriñar libros de texto y sobrevivir a muchas clases introductorias me decidí por la antropología. Iba a ser antropóloga; iba a viajar por el mundo y reubicarme allá donde la investigación me llevara. Estaba comprometida con la idea de que la libertad de circulación en aras de los estudios era la manera correcta de hacer las cosas. Era claro y sencillo, ¿quién podría ver ningún problema en mi existencia transitoria si era para perseguir el conocimiento y mejorar el mundo académico?

 

Consideré los obstáculos burocráticos que me aguardaban. Por suerte para mí, mi pasaporte estadounidense tiene sus ventajas. A pesar de las complicaciones de ser una estudiante internacional viviendo en Inglaterra, los documentos confusamente traducidos sobre las muchas “equivalencias” que necesitaba para demostrar mi valía al Estado italiano, y mi falta de dominio de la lengua italiana, de alguna manera logré llegar a Pollenzo. Crucé la frontera, encontré un lugar en el que vivir, y conocí a cinco de mis seis compañeros de curso. Tras una breve introducción y un par de apretones de manos, se nos explicó que uno de nuestros colegas, Mujammed Abdul-Aziz, se uniría a nosotros aproximadamente un mes después del comienzo del curso por problemas de visado. En aquel momento, sentí una mezcla de culpa y enfado. No podía conciliar cómo yo había podido entrar aparentemente a mis anchas en el país y sentarme en la sala con mis colegas italianos mientras mi otro colega, mi homólogo académico, se enfrentaba con un surtido de restricciones. Mi cerebro recompuso su propia versión shakespeariana de la situación y preguntó: “¿Qué importa un pasaporte?”.

 

Seis meses después de empezar el doctorado, las cosas son distintas. Tanto Aziz como yo poseemos nuestros codiciados permessi di soggiorno (permisos de residencia temporal) y estamos legalmente autorizados a residir aquí como estudiantes, en el sentido oficial de la burocracia italiana. A lo largo de los meses hemos conversado sobre nuestras experiencias navegando el proceso de visados de estudiante en Italia; nos compadecimos abundantemente. Aziz resume nuestra frustración diciendo “Creo que ambos hemos sufrido mucho”, pero yo no estoy de acuerdo. Si bien yo tuve algunos problemas con mi proceso de obtención de un visado de estudiante, no me cabe duda de que Aziz lo pasó peor.

 

Antes de llegar a Pollenzo, Aziz nunca había salido de Pakistán; aunque me dijo que había viajado mucho dentro del país, nunca encontró un motivo para alejarse de su casa del pueblo de Karama en la subdivisión de Ladha Tehsil del distrito tribal de Waziristán del Sur. Como yo, Aziz encontró la motivación para migrar en los estudios. Insistía en que obtener un doctorado era clave en la idea de cruzar fronteras: “Esta es la razón principal, no hay ninguna otra razón [para mí] para marcharme de Pakistán”. Las circunstancias actuales le permitieron encontrar un equilibrio entre los dos aspectos de su vida: como académico y como padre y cabeza de familia - algo que posiblemente hubiera sido inalcanzable si se hubiera quedado en Pakistán.

 

Aziz y yo repasamos juntos la andadura de nuestros visados desde las admisiones a finales de septiembre de 2018. Antes de la apertura oficial del curso en noviembre, ambos visitamos nuestros respectivos embajada y consulado italianos un total de catorce veces entre los dos. Mientras que a mí me irritaba tener que volver al consulado italiano en Londres cuatro veces, Aziz me superaba con nada menos que diez. Ambos tuvimos problemas presentando documentación, en concreto la “correcta”. Nos lamentábamos de la vaguedad en las descripciones de los documentos exigidos, así como de la abrumadora rigurosidad que acompañaba la evaluación de los papeles.

 

A diferencia de mi caso, la peripecia de Aziz para lograr un visado incluyó un circo de teléfonos internacionales, con llamadas a la universidad, a la embajada, en una y otra dirección, en un bucle que duró casi tres meses. También incluyó una incómoda entrevista con un embajador italiano que le obligó a explicar exhaustivamente a lo largo de varias horas por qué estaba plenamente cualificado para emprender este doctorado. Para este embajador, no importaba que Aziz estuviera admitido y formalmente invitado a estudiar en UNISG, ni que fuese un etnobotánico con varias publicaciones. Lo que importaba era cumplir con los estrictos estándares del papeleo y de la entrevista, que Aziz tardó más en perfeccionar. Aziz me explicó que, independientemente de la causa de cada uno, entrar en Italia con un pasaporte pakistaní estaba plagado de dificultades: “El nivel de rechazo es de alrededor del 80%”, recalcó. En realidad, un 71% de los visados Schengen de entrada múltiple solicitados en Pakistán fueron rechazados en 2018; pero esta diferencia no resta al argumento de mi colega.


A pesar de estos problemas, y para mi consternación, Aziz recibió su permiso de residencia temporal y su visado de estudiante mucho antes de que yo recibiese los míos. Aunque Aziz y yo habíamos empezado nuestras andanzas con el visado más o menos a la vez, y nos habíamos cruzado frecuentemente en la oficina local de inmigración a lo largo de todo el proceso, él salió vencedor de este maratón burocrático. “Entonces, ¿debería llamarte Thad en lugar de Thao?”, me preguntó, después de que le explicara las calamidades de mi visado. Con frecuencia nos reímos de la situación, porque, independientemente del pasaporte que tengas, el Estado italiano todavía puede cometer errores de ortografía.

Ashley Thao Dam

Ashley Thuthao Keng Dam es estudiante de doctorado en Ecogastronomía, Educación y Sociedad en la Università degli Studi di Scienze Gastronomiche y obtuvo recientemente un Máster en Antropología Médica en Oxford. Especializada en la antropología alimentaria y nutricional, la investigación de Ashley se centra en las medicinas alimenticias salvajes, la estacionalidad y las dietas maternas de las mujeres rurales en Camboya. Ashley produce un podcast titulado Bites of the Round Table y es editora del fanzine GastronomicalGrrrls.
 

Puede seguirle en Twitter @ashleythaodam

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