Un mate sin compañía

SANTIAGO PELUFFO SONEYRA  |  15 DE AGOSTO 2020  |  ROUTED Nº11

Unas semanas después de que el COVID-19 los dejara sin trabajo ni ingresos, un matrimonio de uruguayos en Londres pedía urgentemente ayuda en un grupo de Facebook sobre cómo acceder a beneficios y subvenciones del Estado, ya que no tenían “ni para el mate”.

¿Harina, pasta, leche? No. Rosa y Waldemar estaban desesperados porque no les alcanzaba para comprar yerba mate. “No te imaginas el silencio y la tristeza de esta casa”, me confiaban.

 

Ocurre que el mate, además de ser una tradicional infusión sudamericana rica en minerales y vitaminas energizantes, ofrece compañía y trae alegría.

Bebida diaria, ritual, hábito, marca de identidad para personas de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, en la migración el mate pasa a ocupar un lugar más preponderante en la maleta que el cepillo de dientes o una muda. 

 

En la diáspora, es un paliativo contra la nostalgia. Qué hacen, si no, cuatro o cinco migrantes sudamericanos a miles de kilómetros de su patria, sentados en ronda, compartiendo un mismo recipiente con forma de calabaza del cual beben unas hierbas con una pajilla de metal...

 

Como dice el antropólogo uruguayo Gustavo Laborde, este ritual "se ha conservado casi sin ninguna modificación desde hace siglos" cuando el mate nació entre comunidades indígenas del actual Paraguay. Sin embargo, la irrupción en el mundo de un virus tan invisible como poderoso nos está privando de lo más preciado que tiene la vida: el contacto humano y los vínculos sociales. Precisamente ahí está la esencia del mate: no puede existir sin la yerba, pero tampoco sabe igual sin las amistades ni la familia.

De los guaraníes al mundo

 

La planta de yerba mate (Ilex paraguariensis) fue descubierta en tiempos precolombinos por los guaraníes, pueblos originarios del actual territorio de Paraguay en Sudamérica. La palabra “mati” es de origen quechua —extensa y populosa comunidad indígena de la zona de los Andes— y define al cuenco hecho a base de calabaza que se usa para beber con agua una especie de pasto verde a través de una pajilla de metal llamada bombilla.

 

Para los guaraníes, el mate era una bebida divina que se tomaba en un ritual liderado por un chamán. Algunos textos incluso sugieren que los guaraníes plantaban la yerba mate en el mismo lugar en el que sepultaban los restos de sus seres queridos. Luego cosechaban la planta y tomaban el mate en ronda para que el espíritu de aquellas personas pasara a sus cuerpos a través de la planta.

 

En los siglos XV y XVI, con la invasión y conquista española de lo que hoy conocemos como el continente americano, se intentó prohibir el mate a través de la Inquisición de Lima por considerarla “sugestión del demonio”, según explica Jerónimo Lagier en el libro La aventura de la yerba mate

 

Más tarde, hacia el siglo XVII, el mate queda en el centro de otra gran disputa de poder cuando se hizo muy popular entre misioneros religiosos de la Compañía de Jesús. La “yerba de los jesuitas” sirvió de base a las misiones para la expansión territorial a gran parte del territorio sudamericano, al tiempo que la Corona española intentaba imponer la religión, lengua y hábitos del viejo continente. A finales del siglo XVIII, los jesuitas, principales productores de yerba mate, fueron expulsados. Pero la milenaria planta y su ritual social prevalecieron.

 

Con la región de las Pampas (‘llanura’, en quechua) como epicentro y el Gaucho como figura estereotípica del hombre mestizo que tomaba mate en el campo, la bebida continuó pasándose de mano en mano, de generación en generación y de comunidad en comunidad durante los siglos siguientes hasta llegar a ser bebida irremplazable de las clases populares e, inclusive, en nuestros días, a penetrar en círculos de las capas altas de algunas sociedades sudamericanas.

 

Nosotros migramos, y el mate migra con nosotros

 

En las últimas décadas, la tradición cruzó largamente el Atlántico para llegar a varios puntos del planeta y convertirse, por ejemplo, en una bebida sumamente popular en Siria, país que representa más del 70% de las exportaciones de yerba mate de la Argentina, el principal productor del mundo (300.000 toneladas anuales). 

El mate entró en las casas de Damasco, así como también en las de Beirut, Líbano, al pasar de mano en mano entre argentinos y sirio-libaneses llegados a Sudamérica en la primera mitad del siglo XX: popularizaron las empanadas y, a cambio, incorporaron el mate.

 

De la frondosa selva misionera a la bombardeada Damasco; de la pampa húmeda a la señorial Cracovia; de las orillas del Río de la Plata a los Pirineos… En cualquier sitio se comparten esos sorbos amargos y calientes —tan efímeros como familiares— y se disparan las conversaciones más triviales o más trascendentales de la humanidad. Se inmortaliza atardeceres, las anécdotas se mejoran y hasta se planta la semilla de una futura relación de pareja.

 

“¿Preparamos unos mates?” es una forma sutil de decir “hablemos”, “pasemos un rato juntos” o directamente “tengo algo para decirte”, conversación que habitualmente dirige el cebador (quien sirve el agua del termo y pasa el mate en ronda). 

 

Pese a siglos de una vigencia inalterable, la llamada “primera red social” descubre ahora un enemigo impensado, un virus que amenaza la esencia misma del ritual: compartir.

¿Mate sin compañía?

“Llevar cada uno su mate y no poder pasarlo en ronda no es lo mismo” es la sensación común por estos días. “Se pierde la esencia sin compañía”, dicen en el Río de la Plata a través de una pantalla en una mateada virtual.

 

Cómo serán, nos preguntamos, las discusiones familiares o de pareja sin un mate de por medio. Cómo serán las tardes grises del otoño y las mañanas frías del invierno… Cómo serán los silencios incómodos y las confesiones difíciles. Cómo serán las reconciliaciones. Cómo serán las largas noches de estudio… Cómo será sin ese último “Gracias”.

 

Porque como dice el escritor argentino Hernán Casciari, gracias al mate, pareciera que “el mundo fuera un lugar diseñado, exclusivamente, para que los extraños nos hagamos compañía”.

 

¿Y si un día no hay compañía?

Santiago Peluffo Soneyra

Periodista, escritor y activista latinoamericano residente en Londres. Fue reportero y corresponsal para medios de Argentina, América latina, Reino Unido y Europa. Co-autor de antologías de cuentos ‘Visitantes’, publicado por El Ojo de la Cultura de Londres. Co-Director de la ONG británica Latin Elephant. Twitter/Instagram: @santuli23

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