Pequeñas ciudades oscuras, grandes urbes y cartografía de la identidad

ELIKA ASSUMI  |  15 DE AGOSTO 2020 |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº11

Como estudiante, mi decisión de cursar estudios superiores estuvo condicionada por el deseo de escapar de Dimapur, una ciudad oscura, caliente y húmeda de amorfa confusión urbana. Me matriculé en una universidad en Hyderabad, un lugar que mi encajaba con mis ideas sobre cómo debía ser una ciudad. Viniendo desde las vertiginosas colinas de Nagaland, a miles de kilómetros de allí, Hyderabad fue un cambio dramático, en términos de lengua, comida, personas y cultura. Sin embargo, no estuve sola, y desarrollé un sentimiento de comunidad con los demás estudiantes, tanto nagas como de la península india, llegados como yo a un nuevo entorno.

Dimapur ha sido desde hace mucho tiempo el bastión de la frontera; punto de partida para los colonizadores británicos cuando se creó el distrito de las Colinas Naga en 1866, fue la ciudad fuerte de tribus kachari y lugar de paso para los reyes de la dinastía Ahom en el siglo XIII. La ciudad se presenta como una entidad dinámica, llena de comerciantes, actividades de compraventa y viajeros. Mi código postal está vinculado a un pueblo de cien años dentro de los límites de Dimapur llamado Eralibill. Este pueblo fue fundado por los garos, una tribu mayoritaria en el estado vecino de Meghalaya, pero ahora está conformado por una historia de migraciones —varias tribus naga, personas de Bihar, Orissa, Nepal y musulmanes de habla bengalí del estado de Assam, conocidos como miyan. La propia naturaleza de esta ciudad transmite una sensación de pluralismo e hibridad que subvierte la identidad naga dominante. Mis padres pertenecen a dos tribus distintas; nacidos respectivamente en Littami y Wokha, se mudaron al ambiente más cosmopolita de Dimapur en busca de una oportunidad para salir adelante en sus propias condiciones, libres de las exigencias de la afiliación étnica. La transitoriedad y la pluralidad forman parte de quien soy. La movilidad suplanta e implanta la noción de hogar y, como escribió Paul Gilroy, es en estas intersecciones donde puede descubrirse un cosmopolitismo mucho más acogedor.

Llegué a Hyderabad cargada de la confianza de la juventud. En la ciudad, aprendí pronto a ver más allá del lenguaje y la cultura, dándome cuenta de que estos aspectos de la identidad no son únicos ni inamovibles. El equilibrio comunitario entre los habitantes hindúes y musulmanes ha creado una identidad singular de Hyderabad, con sus propias variantes coloquiales. Me costó descifrar el idioma local, el telugu, e intenté adoptar las formas recatadas de una chica local, con una kurta, un salwar y una dupatta en lugar de mis pantalones y camisetas habituales. Sin embargo, también recibí pellizcos y burlas en las calles de la ciudad, tal vez por mi aspecto diferente, pero sospecho que tuvieron que ver más bien con mi sexo. El fantasma de la discriminación racial y de género sigue presente en las ciudades indias, a pesar de la diversidad. Para los nagas en particular, la idea de ser diferente se complica aún más con la turbulenta historia de conflicto entre los sucesivos gobiernos indios y los grupos rebeldes nagas, hoy suspendido por un frágil acuerdo de alto el fuego. Estas son las circunstancias en las que intento abrirme camino por el eterno callejón sin salida que es mi identidad. En Hyderabad, encontré que la comida podía ser una forma de negociar estas experiencias.

Cuando me marchaba de Dimapur, mi maleta tenía que estar llena con las muchas conservas cuyo aroma fermentado me permitía llevar conmigo un trocito de mi hogar. Paquetes de axone o soja fermentada; un tarro de tallos de bambú fermentados, tanto secos como frescos; mani tong o cañas de taro y mandioca secadas al sol; chiles fantasmas nagas secos; pescado seco fermentado; arroz pegajoso; tripas y carne ahumada; anishi u hojas de taro fermentadas; michinga seca o semillas de zanthoxylum; zumaque seco y machacado a mano; gur de Wokha; frutos salvajes secos; y polvo de nimbo. También metía en la maleta mi mekhala tradicional naga, joyas hechas con cuentas y un bolso naga, los marcadores cotidianos de mi identidad tribal. Mi mortero bueno, un pequeño dao y una cazuela hecha con la inimitable arcilla negra naga completaban mi equipaje. Los alimentos fermentados de los nagas han estado con frecuencia en el punto de mira de la policía cultural; en una ocasión, la Policía de Delhi publicó un folleto dirigido a estudiantes del Noreste conminándolos a no preparar comida que pudiera provocar “escándalos en el vecindario”.

 

Cuando preparábamos nuestra comida en los albergues, había un sentimiento de júbilo y también de inquietud al abrir nuestros diversos envases y recipientes, aunque tratáramos de asegurarnos de que había suficiente ventilación mientras cocinábamos. A pesar de las quejas sobre el olor “díscolo”, compartir estas comidas era una celebración y una reunión de personas nagas y amigos de otras etnias que también traían consigo comida para compartir. Algunos amigos de la península india se aficionaron a la comida tradicional naga, que se prepara sobre todo cocida, con muchas verduras y siempre acompañada de un chutney abrasador de chile fantasma. Así, la comida se convirtió en un medio fundamental para retener el sentimiento de ser naga fuera de Nagaland y construir una nueva comunidad en Hyderabad. También es así como la sociedad tribal naga construye y mantiene relaciones y refleja la práctica ritual de resolver conflictos compartiendo comida.

 

Más adelante regresé a Dimapur, donde enseño en una universidad local. Estoy redescubriendo más recetas de comida fermentada, volviendo a aprender las estaciones en las que se cosechan los productos locales y he decidido apoyar a la comunidad aquí. Me estoy dando cuenta de que tenemos mucho que aprender de los ancianos sobre los métodos de trabajar la tierra, y hay una gran necesidad de preservar los conocimientos tradicionales. Al mismo tiempo, revivo mis recuerdos de cuando compartía comida, conversaciones, música e ideas en Hyderabad cada vez que mis amigos vienen a visitar el Noreste y podemos rememorar juntos esos años. La cultura abierta que encontré en la ciudad es lo que me gustaría transmitir a mis estudiantes. Estoy empezando a entender que mi periplo, así como mi retorno, están intrínsecamente ligadas a mi idea de hogar. Estas experiencias están atravesadas por una intersección compartida de la historia, la cultura, la lengua, la comida y la memoria. Sorprendentemente, me sentía más en mi casa en Hyderabad, tal vez porque allí fue donde mi sentimiento de familia se extendía más allá de lo que dicta la sangre, el territorio o la religión. Este sentimiento de no estar sujeta a límites, moldeado por las amistades a través de la comida, continúa definiendo la forma en que siento mi lugar en el mundo.

Elika Assumi

Elika Assumi es de Nagaland, un pequeño estado montañés en el Noreste de India. Enseña en una universidad local y su principal área de interés es cartografiar las experiencias singulares y subjetivas de las personas de la región nororiental de India a través de sus escritos. Puedes ponerte en contacto con ella en eliassumi@gmail.com.

Otros artículos

Mini Chandran Kurian - cover photoS.jpg

Sobre dioses elefante y curry de pescado en una cazuela de barro: Memoria, identidad y reproducción cultural

Rashad Khan.jpg

El indio musulmán: Un inmigrante en su tierra

(Fiona) Debarati Choudhury - Photo by to

Trabajadores migrantes durante el confinamiento del coronavirus: El sector no agrícola en India

 2020, Routed Magazine   |   Creative Commons BY-NC-ND 4.0   |   Privacidad