En espera: dentro del mismo territorio, pero en distinto terreno

CHRYSI KYRATSOU  |  20 DE JUNIO 2020  |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº10

Fotografía de Antoine Merour en Unsplash.

“¿Qué estás hacienda estos días?”, era la pregunta que me hacían durante el confinamiento mis interlocutores, refugiados que están en centros de recepción en Grecia. Una pregunta sencilla que me causaba malestar debido a las asimetrías que componen nuestra relación y que salían a la luz en las respuestas. En este artículo analizaré cómo la pandemia ha resaltado aún más estas asimetrías.

 

Explicar “qué hago” a mis interlocutores ha sido sobre todo complicado, ya que hacer trabajo de campo para mi doctorado es radicalmente diferente de lo que constituyen las “opciones” normales para ellos en materia de trabajo. En otros casos, las complicaciones han venido de que la “universidad”, el camino que estoy siguiendo ahora mismo, es el mismo que algunos de ellos han tenido que abandonar por culpa de la guerra y la persecución, y no es seguro que vayan a poder reanudarlo, ni cuándo.

 

El confinamiento de emergencia me sorprendió durante el trabajo de campo. Hacer investigación de campo normalmente implica “irse” al campo de la investigación, allá donde se halle. Para mí, este movimiento fue desde Irlanda del Norte, donde se encuentra mi universidad (Queen’s University Belfast), de vuelta a mi “país de origen”, donde está ubicado el “campo”. Además, moverme por toda Atenas ha sido una parte integral del trabajo de campo, ya que esta era la única manera de encontrarme con mis interlocutores en lugares convenientes para ellos.

 

El confinamiento detuvo la libertad individual de circulación, con el objeto de limitar la expansión de la pandemia. La vida diaria fuera de Internet se congeló, las interacciones con otras personas pasaron a considerarse potencialmente perjudiciales para la salud. Inevitablemente, mi trabajo de campo (no telemático) se vio alterado, y quedé atrapada en casa lejos de mi familia. Aunque estaba atrapada en el campo, no podía interactuar con mis interlocutores. Pero aunque el trabajo de campo quedó en suspenso, pude seguir trabajando (online y desde casa).

 

No obstante, para mis interlocutores la inmovilidad alteró sus esfuerzos para reivindicar una “normalidad” nueva. Muchos han estado trabajando o asistiendo a clase fuera del campo, en la ciudad, apurados por recuperar el tiempo perdido por las guerras, las persecuciones y la espera en el limbo, y plenamente conscientes de la necesidad de desarrollar habilidades que les permitan encontrar un trabajo y ahorrar dinero para reanudar sus vidas (allá donde sea). Después de todo, el resultado del proceso de solicitud de asilo es siempre incierto.

 

Dejar el campo siempre ha sido un desafío, dadas las ubicaciones de los centros de recepción de refugiados, a una distancia considerable de las áreas urbanas. Las limitaciones de la movilidad a lo “absolutamente necesario” se aplicaron el 23 de marzo para todas las personas residiendo en el territorio griego, con el objetivo de minimizar la expansión del virus. Se imponían multas graves a quienes incumpliesen la medida. Los residentes de los centros de recepción, además de enviar por mensaje de texto o tener escritas las razones para salir, tenían que rebasar las puertas del campo, lo que solía implicar aún más controles.

“Para mí es lo mismo. Simplemente no puedo salir”, me dijo uno de mis interlocutores. Pero, ¿cómo podía ser “lo mismo” para alguien cuyas clases de formación laboral habían quedado interrumpidas, y que hasta entonces no había perdido ninguna oportunidad para explorar la “ciudad más allá del campo”? Para esta persona, no poder salir era un cambio enorme. Lo que era “lo mismo” era la sensación de inmovilidad, sutilmente relacionada con su vida cotidiana. Una sensación de inmovilidad sugerida por las limitaciones a las opciones de una persona, y la incapacidad de hacer planes para el futuro, porque el único parámetro conocido es la larga espera en las distintas etapas del proceso del proceso de solicitud de asilo.

Fotografía de Bill Oxford en Unsplash.

Para los que acababan de obtener permisos de trabajo, la perspectiva de trabajar con regularidad quedó en pausa. Después de huir de su país de origen sin certificados de estudios o de experiencia laboral, y después de pasar años en el limbo en distintos países, abrirse camino a través de la burocracia griega llevó aún más tiempo. Las solicitudes consecutivas implicaban un empobrecimiento de las condiciones de acogida, aumentando su vulnerabilidad. “Ahora que tengo mi permiso de trabajo puedo finalmente trabajar. Si ves cualquier anuncio de trabajo, por favor avísame…”, me dijeron la última vez que nos encontramos, justo antes del confinamiento, añadiendo: “pero quizás tenga que esperar a que termine esta situación”.

 

Otros interlocutores estaban trabajando en empleos informales y poco cualificados. Este tipo de trabajo es común entre los refugiados debido a los considerables retrasos y el resultado incierto del proceso de solicitud de asilo, y para poder mantenerse más holgadamente a sí mismos y a sus familias aquí y ahora (especialmente en los casos de solicitudes consecutivas y empobrecimiento de las condiciones de recepción).

 

El derecho a solicitar protección internacional al llegar al territorio griego conlleva un proceso largo e incierto. El desajuste documentado entre la capacidad de las autoridades competentes en el procedimiento de asilo y el aumento del número de solicitudes de asilo en 2016 y 2017 ha puesto en juego el examen inmediato de las solicitudes de asilo. Concretamente, la media de tiempo desde que una persona expresa su intención de solicitar asilo hasta que realiza la entrevista era de 8,5 meses en 2018. El tiempo medio de tramitación entre la preinscripción y la expedición de una decisión de primera instancia era de 8,6 meses. Además, para el 80,5% de las solicitudes pendientes a fecha de 31 de diciembre de 2018, las entrevistas personales no habían tenido lugar aún y estaban previstas para después de 2019. A esto puede añadirse aún otra espera por el resultado de la entrevista, que en ocasiones puede prolongarse por los recursos y donde pueden añadirse solicitudes consecutivas, así como la espera para recibir los documentos de asilo.

 

Se estima que el porcentaje de reconocimiento de solicitantes de asilo es del 49,4%. En caso de que la decisión sea negativa, el solicitante de asilo tiene derecho a recurrir. Además, el solicitante de asilo tiene derecho a un nuevo examen de su caso, realizando una solicitud consecutiva. El registro de una aplicación consecutiva, en la práctica, puede quedar suspendido hasta dos meses, según el procedimiento estándar. Por otra parte, el solicitante pierde las condiciones de recepción.

 

Las condiciones materiales de recepción incluyen alojamiento y asistencia económica de Naciones Unidas. Los posibles beneficiarios son quienes llegaron después del 1 de enero de 2015; se han registrado ante las autoridades griegas y siguen residiendo en el país; tienen un documento de preinscripción o de registro pleno, o cualquier otro documento válido expedido por las autoridades griegas; tienen más de 18 años; viven en lugares designados o en alojamientos alquilados, excluyendo así a los refugiados que viven en asentamientos informales; no están empleados por una ONG o agencia de la ONU; y no tienen empleo ni reciben un salario. Además, un solicitante de asilo en Grecia no debe tener ingresos por encima de 2.440 euros al año para poder optar a las condiciones de recepción (el coste razonable de supervivencia para un adulto en Grecia se estima que es de 6.448 euros). El montante de asistencia económica de la ONU se distribuye en proporción al tamaño de la familia y va desde los 90 euros mensuales para los adultos solos en alojamiento con comida hasta los 550 euros para familias de siete miembros en alojamiento sin comida incluida.

 

Los refugiados necesitan trabajar. La necesidad ha aumentado como resultado de las restricciones añadidas por la nueva ley de asilo en Grecia. El trabajo informal o poco cualificado es la principal “opción” para los refugiados, dado que necesitan no perder ninguna prestación y encontrar un trabajo en el mercado de trabajo griego, destrozado por la crisis, con un elevado desempleo y donde los recién llegados se encuentran con desventajas estructurales frente a los ciudadanos griegos. El trabajo informal o poco cualificado prospera especialmente en la agricultura, la constricción, el comercio, los hoteles y restaurantes y el trabajo doméstico.

 

Las condiciones laborales del trabajo poco cualificado y normalmente sumergido no suelen cumplir con los estándares mínimos, incrementando los riesgos. Los empleados en los sectores formales eran libres de desplazarse a sus lugares de trabajo durante el confinamiento, siempre y cuando llevasen consigo la confirmación escrita de sus empleadores. Sin embargo, los trabajadores poco cualificados e informales, si no perdían completamente su trabajo (por ejemplo, en el sector turístico), tenían que moverse irregularmente. Los trabajadores poco cualificados o informales arriesgaron su bienestar durante la pandemia trabajando en condiciones laborales inadecuadas, pagando la elevada multa si los encontraban desplazándose por razones “innecesarias”, y permaneciendo en las estrechas condiciones de vida del campo. Y si no trabajaron, perdieron un ingreso vitalmente necesario.

 

Las “opciones” que mis interlocutores y yo teníamos en materia de trabajo durante la pandemia vienen dadas por las posiciones estructuralmente asimétricas que ocupamos como ciudadanos en una determinada posición social en relación con el trabajo y la educación, y los refugiados ocupan una de las posiciones más vulnerables, al margen de lo que constituye la sociedad receptora. Estas asimetrías podían verse antes de la pandemia. Aunque ellos me reconocieran como una persona que comparte la experiencia de vivir lejos de familiares y amigos y la carga emocional que esto supone, no nos enfrentamos al mismo nivel de precariedad, sencillamente porque yo “tengo un pasaporte” y ‘soy europea”, como mis interlocutores solían decir. La aparición de la pandemia puso de manifiesto las excepciones que viven los refugiados, moldeadas estructuralmente y potenciadas por la aplicación las políticas.

 

Las restricciones al movimiento no son implementadas con una igualdad estricta. Tampoco afectan a todas las personas de la misma manera. Las vulnerabilidades resultantes de una determinada posición social se agravaron con la imposición de la inmovilidad. Si la movilidad aumenta la identificación de experiencias “compartidas”, la inmovilidad impuesta resalta las asimetrías estructurales que definen las distintas opciones que tiene cada uno de nosotros.

Chrysi Kyratsou

Chrysi estudia un Doctorado en Antropología en Queen’s University en Belfast. Sus intereses académicos son la migración, los Encuentros, los flujos culturales y el “musicking”. El trabajo de campo de Chrysi sobre la acogida de refugiados en centros de recepción explora cómo la agencia estética de los refugiados está informada por los trasfondos cambiantes en los que viven y cómo dan forma a su socialidad.

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