“El poder de la banga”: La comida como conector cultural entre los migrantes y su tierra de origen

HENRIETTA ESHALOMI  |  15 DE AGOSTO 2020 |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº11

Los alimentos representan una necesidad esencial de los seres humanos y son un aspecto fundamental del patrimonio cultural de distintas sociedades alrededor del globo. Las distintas culturas tienen diferentes cocinas que forman parte de sus tradiciones originales. Las recetas y otros elementos vinculados a estos alimentos suelen desplazarse con las personas cuando estas se trasladan de sus lugares de origen a otros lugares. Esto implica que las cocinas y los platos pueden ser reproducidos en otros sitios, en tanto que cuenten con los ingredientes correctos. Por tanto, al igual que los humanos, la comida —un fenómeno tanto abstracto como físico— trasciende las fronteras y se integra en el discurso sobre las relaciones entre la diáspora y el lugar de origen. La comida, las recetas y los ingredientes constituyen una parte crítica de la cultura y la identidad y son a la vez una práctica cultural. Las comunidades migrantes a menudo obtienen los ingredientes esenciales por medio de las personas que viajan desde el lugar de origen. Muchos migrantes aprovechan la oportunidad para pedir especias e ingredientes tradicionales a los familiares que permanecen en su tierra natal.

 

Cuando las personas migran, muchos elementos en formas variadas se desplazan con ellas. Estos restos tangibles e intangibles de cultura que los migrantes dejan atrás fortalecen los vínculos transnacionales de la diáspora con su lugar de origen. Sin embargo, también agudizan la doble conciencia que a menudo experimentan los migrantes tratando de conciliar sus compromisos con el país de origen y el receptor. En una ciudad cosmopolita como Londres, la dimensión del origen en este binomio se recrea a través de algunas prácticas culturales como cocinar platos tradicionales. Las variadas cocinas son prueba de las diversidades culturales por las que se conoce a la ciudad de Londres.

 

La sopa banga es un plato característico de los urhobo e itsekiri de la región Sur-Sur de Nigeria, que tienen una rica tradición culinaria. Estos pueblos y sus diásporas han mostrado una inmensa determinación a la hora de continuar preparando sopa banga a pesar del gran esfuerzo que conlleva cocinarla y los recursos que acapara. Los migrantes urhobo e itsekiri reconocen que el vacío que acompaña la ausencia del hogar necesita la recreación de algunas prácticas culturales, si no todas, de donde provienen.

 

La sopa banga, localmente conocida como amiedi, suele tomarse con un acompañamiento. El preferido es el almidón, un derivado de la harina de yuca procesada salpicada con unas gotas de aceite de palma para darle un color amarillento. La sopa, cocinada en una olla grande, se vierte a una olla pequeña tradicional denominada ewere, donde se vuelve a calentar para que espese. Sin embargo, la modernidad y la adaptación han obligado a que la banga se sirva y se tome en un plato normal. Debido al rigor y al tiempo que exige la preparación de la sopa banga, es un plato muy apreciado por los migrantes urhobo e itsekiri en Londres, especialmente en acontecimientos sociales. Cuando se conoce la escasez de los ingredientes y especias empleados, la gente aún lo aprecia más. La sopa es exótica y funciona como una conexión simbólica entre los migrantes y su tierra natal. En la mayoría de acontecimientos sociales y ocasiones especiales en la comunidad migrante urhobo e itsekiri, la banga se considera el plato más especial del menú que todo el mundo debe tomar o probar. En torno a un plato de sopa banga y almidón, no es infrecuente encontrar a estos migrantes rememorando su hogar. Las historias sobre el lugar de origen y sus experiencias comienzan a aflorar desde todos los rincones de la sala, evocando sentimientos de nostalgia que alguna vez han llevado a poner en marcha acciones para reconectar con la tierra natal.

 

En los hogares individuales, algunos cocinan la sopa banga con ingredientes comprados a los migrantes a cargo de los mercados africanos que almacenan los ingredientes exóticos y especias empleadas en su preparación. Además de prepararla para saciar su apetito, la sopa funciona como un puente entre la diáspora y su lugar de origen. Los inmigrantes sienten una conexión más fuerte con el lugar de origen durante la preparación y/o el consumo de la sopa. Sin embargo, este entusiasmo se ve ligeramente rebajado en los inmigrantes de segunda generación. Los hijos de los migrantes suelen estar más expuestos a la cultura del país receptor que sus padres y tienen una mayor probabilidad de perder el contacto con la cultura del país de origen de sus padres.

 

La migración, una realidad humana indispensable, facilita el movimiento de las prácticas culturales como ningún otro fenómeno. Para muchos, estas prácticas culturales son antídotos contra el sentimiento de desarraigo y/o nostalgia que muchos de ellos experimentan. A pesar de vivir allí y adaptarse a la cultura dominante, los migrantes itsekiri y urhobo en Londres han utilizado la sopa banga y otros platos tradicionales como una estrategia de supervivencia. Cocinar es un ejercicio de equilibrismo, ya que las prácticas culturales de la sociedad receptora son paralelas a las del lugar de origen. Por tanto, la conexión preservada con su cultura se ve fortalecida por la preparación y el consumo de sus platos tradicionales lejos de su tierra natal. Así, más allá de la celebración y la supervivencia, la comida —incluidas las recetas y los ingredientes— es un concepto esencial en el discurso de las relaciones entre diáspora y lugar de origen.

Henrietta Eshalomi

Henrietta Eshalomi es estudiante de posgrado en el Institute of African Studies, Universidad de Ibadan, Nigeria. Se interesa por las dinámicas globales de migración y los estudios étnicos.

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