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Notas desde el Eurostar

Giselle Bernard  |  15 de marzo 2019

Retrato de Otti Berger con la fachada de la Bauhaus, atribuido a Judit Kàràsz, 1931.  © Bauhaus-Archiv Berlin

Leyendo el comienzo de En busca del Tiempo perdido de Proust, llamaron mi atención las descripciones del pueblecito francés donde el narrador pasa sus vacaciones de infancia: Combray. Allí, nadie es un desconocido, ni siquiera las mascotas de los habitantes. La tía abuela del protagonista queda consternada cuando oye que su hermano se encontró con alguien a quien no conocía durante un paseo, pero se tranquiliza cuando este le dice que está, de hecho, emparentado con el supuesto extraño. En cierto modo, podría vincular el relato de Proust sobre la Francia de los pueblos pequeños de finales del siglo XIX con mi propia infancia en el norte rural de Francia, donde yo era la criatura exótica por hablar una lengua extranjera y haber viajado al extranjero. Al mismo tiempo, sentí una gran desconexión con el clásico, habiendo pasado buena parte del curso académico reflexionando sobre diversidad, movilidad y mestizaje como parte de mi posgrado en estudios migratorios. Para lectores que viven en una “era de las migraciones”, Combray podría haber estado, para el caso, en otro planeta. Sin embargo, si bien la idea de que vivimos en un mundo excepcionalmente móvil y cada vez más interconectado está ampliamente extendida (con o sin razón), no está muy claro qué queremos decir exactamente con esto.

 

En la antigua Grecia, el filósofo Zenón de Elea diseñó una serie de paradojas para demostrar que el movimiento es una ilusión. En una de ellas, describió el vuelo de una flecha. En cualquier instante, Zenón argumenta, la flecha no está moviéndose ni hacia donde está, ni hacia donde está. Ocupa un mismo espacio y está, de hecho, inmóvil. La mejor refutación a la idea de Zenón de que el movimiento es imposible sigue siendo tal vez la reacción de Diógenes, que no dijo nada tras oír las paradojas, sino que se levantó y se marchó. Aunque la paradoja de la flecha surcando el aire no logra convencernos de ninguna verdad metafísica sobre el movimiento, sí ilumina la forma en la que pensamos sobre la movilidad. Sugiere la dificultad de que, cuando hablamos de movimiento, podamos solo ser capaces de hacerlo a través de fragmentos estáticos. Se puede capturar la partida, los puntos relevantes, la llegada, pero el viaje en sí mismo, o exactamente cómo ocurren los cambios, sigue siendo esquivo.

 

Otro tipo de fragmentación complica aún más la posibilidad de reflejar el movimiento en palabras, a saber, la pura diversidad, inconmensurabilidad incluso, de las distintas experiencias de los viajes, incluidos aquellos que pueden resultar en apariencia similares. Tome como ejemplo un vagón del Eurostar en dirección a casa, o realizando el trayecto inverso. Para una mujer sentada en su interior, este es un viaje de negocios rutinario, costeado por sus empleadores. Para el adolescente y sus amigos unas filas más adelante, este es el viaje de sus vidas, uno que negociaron con uñas y dientes y para el que tienen altas expectativas. El tren lleva a un hombre, sentado a su izquierda, hacia una estresante entrevista para un trabajo que en realidad no quiere. Otros no alcanzaron a llegar al vagón y están intentando encontrar el sueño en una húmeda cuneta en la frontera, aferrados a unos pasaportes “incorrectos”. Pasar el control de seguridad fue un salto de obstáculos para unos, una mera formalidad para otros. Mientras una joven parece inmersa en la lectura de las señales en francés e inglés, muchos apenas están presentes en la escena; su experiencia queda velada por los recuerdos, la pena o el alivio por lo que ha quedado atrás, los pensamientos sobre lo que está por venir. Alguien, escuchando mensajes de voz, casi no se percata de que el tren ha salido de la estación. Un hombre espera con ilusión los rostros familiares y los brazos abiertos que sabe que le recibirán en el andén; otro no está seguro de dónde dormirá esta noche; otra se pregunta cómo llegará a comunicarse en un idioma que no es el suyo. ¿Qué es personal en estos viajes, qué se puede atribuir a dinámicas sociales y políticas más amplias? ¿Qué es un detalle, qué revela un todo mayor y significativo? ¿Qué puede o debería extraerse, relatarse, de la infinidad de momentos vividos? ¿Qué tienen ellos en común, más allá de las millas recorridas? ¿Son útiles las palabras que usamos, u oscurecen más de lo que iluminan? ¿Es “movilidad” el término que necesitamos para examinar tal variedad de fenómenos? ¿Puede despertar comprensión, empatía, o incluso solidaridad? ¿O es una forma de conjurar la inestabilidad y las rupturas que, a veces, acompañan al movimiento a través del espacio y los consiguientes cambios personales, sociales o históricos? ¿Es una trampa del lenguaje para introducir coherencia y clasificar bajo la misma etiqueta cosas que no tienen nada fundamental en común? Tengo pocas respuestas, pero en su lugar puedo ofrecer unos cuantos fragmentos más a través de los que hacer volar las flechas.

 

**

 

Los primeros rascacielos esculpen el horizonte. Pronto, St Pancras. Te preguntas: ¿quién fue el que dibujó esas líneas? ¿Quién decidió empezar a contar monedas? Tiene tanto que ofrecer, y nunca estás solo en Primark o en el Shard. Él intenta recordar la casa del sur de Francia donde creció; ve el escalón de piedra, macizo y desnivelado, de su puerta de entrada, y oye el ruido de las olas del Minch rizándose contra él. Se despertó demasiado pronto, y el recuerdo de su sueño se quiebra. Necesito sentir el peso de la cadena de plata y la concha de cauri alrededor del cuello para acordarme de un lugar donde pueda oír mis propias pisadas. ¿Dónde era que había oído esto? "Somos la transparencia de nuestros paisajes". Soy la transparencia de un paisaje transparente.

 

Llévame de fiesta, donde haya música y haya gente y sean jóvenes y están vivos. Estos días, las palabras han estado rebotando en los muros de silencio de mi mente, perdiendo forma y sustancia en el eco. Me sorprende, cuando salen tropezando de la orilla de mis labios, que nadie llegue a escucharlas, o me dé una respuesta que me indique que me han entendido. Más frecuentemente, oigo sonidos apagados en un idioma extranjero. Tengo que mirar con los ojos entrecerrados a quien habla para intentar descifrar lo que están diciendo. Ahora, escribo sin mayor ambición que hilvanar un “yo”. Casi no deseo otro lector: Je est un.e autre, et pourtant c’est moi qui écrit. Voilà un mystère déjà bien assez grand.

J’ai dépensé les dernières livres sur mon compte, survolé trop de kilomètres pour me trouver ici, une chambre à moi, surplombant un grand carrefour pas vraiment bruyant grâce au double vitrage. Quatre murs blancs, un lit, un bureau, une chaise, blancs également. Une large fenêtre, les bords incrustés de moisi de part en part. Le centre-ville derrière, la zone industrielle devant; la même, je pense, qu’à Paris, Munich ou Stockholm. Je regarde les voitures passer devant, autour, sans hésitation, discernant clairement dans ce nulle part des destinations. Je les regarde, envieuse, me retourne vers le miroir sale qui me renvoie mon reflet flou. Je n’ai jamais su si j’étais belle, l’image est muette, et ce n’est pas une question que l’on pose avec l’espoir d’une réponse honnête. J’irai, peut-être, au cinéma.

Los muertos que conozco son incorpóreos. Salvo la pequeña gata, cálida, suave, la única señal un hilo de sangre a un lado de la boca. A ella la enterré yo. Sé en qué lugar del jardín. Los otros, sus muertes fueron solo palabras. Mucho antes, se habían convertido en sonidos e imágenes y ¿quién puede decir que no estén aún por ahí? ¿Qué diferencia hay entre la memoria y la imaginación, cuál es la diferencia entre su carne en descomposición y tu silencio?

Elle est d’un autre monde, un monde auquel, ici, on ose à peine rêver d’avoir un jour accès; un monde de raffinement, de légèreté, d’abondance. Son frigo est vide. Son compte en banque aussi. Toute à l’heure au supermarché, alors qu’elle avait soigneusement compté ses pièces (jaunes, rouges) son sourire à la caissière déguisait assez mal son angoisse : une erreur de calcul et elle rentrerait bredouille, traquée par des regards qu’elle imaginerait désapprobateurs ou emplis de pitié, sans doute en réalité indifférents. Pour les détourner, elle aurait inventé une histoire d’étourderie : «j’ai oublié ma carte chez moi», ou alors «ah c’est parce que c’est une carte étrangère, des fois ça marche pas» sachant pertinemment que les trois sont bloquées. Elle a choisi d’être ici. Et voilà qu’elle ne sait plus si elle doit pleurer un paradis perdu ou célébrer sa libération d’une prison dorée, ni comment construire une vie dans ces laides rues qu’elle arpente. Elle sent le vide grandir sous ses pieds, là où il lui semble que tant d’autres ont des racines.

En los cuatro años anteriores a nuestro reencuentro, las palabras que no dijimos se habían ido juntando, conformando ahora un montón polvoriento entre nosotras. No nos importa: me recuerdas, y te recuerdo, que somos más mayores; agradecemos la cubierta. Y cuando advierto tus sonrisas furtivas, pienso que seguimos haciendo más cosas bien que las que hacemos mal. 

 

Tras el velo de alcohol, besé a otro extraño esta noche. El séptimo. El segundo sin nombre. Besó mi mano, y se rió. Así que yo también me reí. Pero luego sus dedos treparon por mi columna, cayeron a mis muslos, tamborilearon sobre mis costillas, y mordió mi labio demasiado fuerte. Así que me marché. Tú no podías mover nada más que las caderas y las pestañas, cuando volví a encontrarte entre la muchedumbre, una sonrisa muda dibujada en tu cara bonita. Tus ojos estaban aún más acuosos que por la mañana. Te arrastré fuera del pegajoso club nocturno a la calle, y ambas miramos nuestro aliento exhalado al aire del norte. Las pocas palabras que no habían ahogado otros labios también se habían ido flotando. “No vamos a volver nunca a casa”, dijiste. Debías de haber estado imaginándote tus lagunas caribeñas entonces, sintiendo el aire cálido de diciembre; recordando tu pequeño y maltrecho coche, los nombres familiares: la montagne Pelée, Fort-de-France, Tatie. Dije: “A veces siento un poco de envidia, escuchando a Ray Blk cantando sobre su barrio”. Acabo de ver la farola de enfrente brillando sobre los clientes que salen a tropezones a la acera del kebab, bajo la casa amarilla.

Cántame, pena mía, pena mía. Ponlo a todo volumen en los altavoces hasta que desaparezca como el azúcar que espolvoreo en el café. Caras extrañas y un viejo amigo, sangre salpicando la acera, sangre tosida desde los pulmones, goteando por la boca y pegándose a la barba de tres semanas, sangre, corriendo de nuevo por mis venas. Intrascendente, la vida en la gran ciudad. Aquí estoy siempre segura, siempre rota por dentro, recompuesta otra vez. Por suerte, las calles son tan anchas que podrías cruzarte conmigo sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Los caminos se cruzan para ir a Shoreditch, paso de largo una desviación. Las minifaldas y las cervezas frías bien agarradas son para diciembre. Aquí, ahora, es importante. Para aquel con la camisa cuidadosamente desabrochada y rubor intenso, para aquellos con la larga peluca rubia suelta sobre su complexión de jugador de rugby. Alguien, en Thornhill, quiere ser como ellos. Pero no tienen la ciudad bullendo a su alrededor, disolviéndolos, disolviendo sus huesos hasta que no queda más que un poco de polvo brillante. Ellos son unos bichos raros.

 

Cada metro recorrido en autobús hasta el centro de internamiento traía consigo una nueva capa de oscuridad y hacía la luz extraña. Luces de Navidad en el supermercado. Luces de Navidad sin licencia y venidas a menos. Un casa grande y vacía – luces de Navidad, y cuervos sobre campos estériles. No hay luces de Navidad en Harmondsworth, al lado del aeropuerto. El asiento se eleva sobre tu silueta huesuda. No hay otro lugar al que pueda mirar, ambos sabemos que me marcharía. Esta Nación ha vuelto tu piel tan pálida que podría dibujar mi propia cara sobre ella con un lápiz. “Me temo que es bastante imposible que Usted pueda quedarse”, dicen todos, y ponen muros a tu alrededor. “Es la ley sin rostro, no nosotros”, dicen mirando a otro sitio. “Artículo inserte número de una ley sin nombre”. Las luces de Navidad, y los aviones sobre los campos invernales.

Era una casa que no podría haber sido construida por las manos del hombre. Las subidas y bajadas de la marea demasiado constantes, el brezo bajo mis pies demasiado suave para que su máscara rugosa fuera convincente. Conozco a un hombre cuyo paso por aquí fue un poco más permanente. El cuerpo de Jim fue encontrado, hace algunos años, en la bahía. Lo imagino a veces, flotando hacia la orilla en las horas menores de la mañana, perturbando la superficie quieta y espejeante aún no alborotada por los movimientos del día; creando pequeñas sombras en el azul y el blanco cegador. Pienso en su barco de pesca a la deriva en algún lugar más allá del abrazo rocoso de la línea de costa, la red rezagada detrás.

Cuando paso el dolor inicial que el recuerdo evoca, no siento tristeza. Sé que el sol solo podría haber encontrado serenidad en su rostro. Las aguas que lo trajeron de vuelta no habían hinchado aún la carne. Los botones de su camisa de cuadros estaban aún abrochados hasta arriba, su impermeable beige todavía envolviéndolo, como ella lo había ajustado antes de que él zarpase.

Tal vez es por eso que nunca escribí. No había olvidado la amabilidad de él ni la de ella; simplemente, no había nada que arreglar.

Giselle Bernard

Giselle Bernard nació en Escocia y creció en Francia. Realizó un Máster en Estudios Migratorios en Oxford tras un periplo de aprendizaje algo difícil que la llevó de Calais a Atenas a través de campos de refugiados y centros de acogida, donde intentó llegar a entender la “crisis de refugiados” que se estaba desarrollando. Ahora vive en Alemania y pasa la mayor parte de su tiempo libre leyendo a escritoras francesas olvidadas e intentando (sin éxito) aprender árabe.

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