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Resiliencia y desarrollo: Recomendaciones para estudiar las migraciones climáticas

Vicente Lozano Lovelace  |  15 de junio 2019  |  Traducido del inglés

Imagen tomada por Karen Apricot en Isle de Jean Charles en agosto de 2007, reproducida con consentimiento de la autora Fuente: Flickr

Todo argumento o discurso que atribuya el desplazamiento a una única causa impide que se puedan llegar a entender las claves de cómo funciona la movilidad humana. Por desgracia, las conclusiones sobre la migración climática se basan con frecuencia en estos argumentos y discursos. Los relatos mediáticos y los análisis políticos de los migrantes climáticos tal vez atribuyan la movilidad a un clima cada vez más hostil, pero el desplazamiento es el producto del medio ambiente y de los recursos de un individuo. Si bien las comunidades afectadas pueden aspirar a alejarse de un clima hostil, también pueden no tener la capacidad o la voluntad de marcharse. Para ofrecer un cuadro más completo de la migración climática, analistas políticos, agentes gubernamentales y académicos en el área de los estudios migratorios tienen que cooperar para predecir los efectos del calentamiento global sobre la migración forzosa, el desplazamiento interno, la migración irregular, y la (in)movilidad. La resiliencia podría ser el concepto interdisciplinario que los expertos y los profesionales necesiten para evitar presentar una imagen incompleta de las migraciones climáticas.

 

Un informe del Migration Policy Institute de 2011 sobre cambio climático y dinámicas migratorias critica estas imágenes incompletas, calificando de “cálculos mecánicos” a los manidos pronósticos que auguran un desplazamiento masivo. Newland, el principal autor del informe, cita un escenario ilustrativo: suponga que los científicos predicen que el nivel del mar aumentará un metro, y este aumento afectará a cien millones de personas que viven a menos de un metro por encima del nivel del mar. Una de las posibles predicciones, “100 millones de personas se verán desplazadas”, no contempla la posibilidad de que decidan permanecer allí.  Las comunidades costeras pueden adaptarse (léase: volverse resilientes) a los cambios en el nivel del mar  y fortificarse frente a las inundaciones. Si tienen en cuenta la resiliencia (véase el informe Foresight de la Oficina Científica del gobierno británico de 2011 y el informe Groundswell del Banco Mundial de 2018), los analistas políticos podrían proporcionar predicciones más lúcidas sobre migraciones climáticas para países receptores y emisores y comunidades sedentarias o en movimiento.

 

Un ejemplo de resiliencia y migración es el Concurso Nacional de Resiliencia ante los Desastres. El Departamento estadounidense de Vivienda y Desarrollo Urbano lanzó una convocatoria en 2015 para financiar propuestas de proyectos de los estados que enumerasen objetivos de “resiliencia climática”. El estado de Luisiana recibió 48 millones de dólares para afrontar una “laguna de resiliencia” a través del marco político de las Adaptaciones Estratégicas para el Medio Ambiente Futuro de Luisiana (LA SAFE por sus siglas en inglés). El proyecto de Luisiana afirmaba que remedar esta laguna permitiría al gobierno “reasentar, renovar y remodelar” las comunidades de la Zona Costera que están poco preparadas para resistir condiciones climáticas peligrosas.  Una de estas comunidades es la Isla de Jean Charle, el hogar ancestral de la tribu Biloxi-Chitimacha-Choctaw (BCC). A lo largo de los últimos 50 años, el ascenso del nivel del mar se ha tragado más del 90% de la Isla de Jean Charles. Todo lo que queda de la isla original es una franja de 330 acres y una comunidad de cien personas. El plan del gobierno es construir estructuras resistentes a la climatología en la tierra firma de Luisiana y luego trasladar a la comunidad entera a un lugar más seguro. Un artículo sobre la comunidad isleña en el National Geographic bautizó a los miembros de la tribu BCC como “los primeros refugiados climáticos oficiales de Estados Unidos”.

 

Aún así, estos objetivos de resiliencia muestran que la comunidad BCC tiene una historia de migraciones mixtas. Los niveles del mar invasivos llevan dándose durante décadas, y algunas familias decidieron mudarse a tierra firme antes de los fondos federales de asistencia al traslado. La arraigada conexión de algunas familias con la tierra se tradujo en inquietud, más que en un deseo de restablecer los lazos con la comunidad BCC en el continente. El mismo artículo del National Geographic citaba a residentes que inicialmente vacilaban sobre el traslado: “hay que rezar mucho para vivir aquí abajo”, “quedarme hubiera preferido mi primera opción”. Algunos también dudan porque no tienen los medios económicos para soportar un traslado al continente. La historia de la Isla de Jean Charles es una historia de refugiados climáticos, personas internamente desplazadas con ayuda del gobierno e (in)movilidad.

 

La ayuda gubernamental y el sector privado son también factores importantes en lo que respecta a la resiliencia y la migración climática. Las empresas arquitectónicas contratadas por el gobierno (como EnvironMental Design, Inc, y Jenken Pacific, Inc.) están supervisando la construcción para el traslado de la comunidad BCC. El gobierno de Luisiana contrató a arquitectos especializados en conservación y sostenibilidad para diseñar el Centro Tribal Jean Baptiste Naquin – un lugar para que los miembros desplazados de la tribu restablezcan el contacto y conserven su identidad colectiva. El centro sirve también como un espacio de vivienda provisional y encuentro para la tribu, de ahí el diseño habitacional. El centro y las viviendas que lo rodean están renovados para aguantar inundaciones, cortes de electricidad y tormentas eléctricas. Con el reasentamiento, el gobierno de Luisiana prevé lograr resiliencia física, económica y cultural. La resiliencia cultural permite ver cómo los intereses de los gobiernos y los actores privados se alinean con los de los individuos: el territorio es necesario para proteger el patrimonio y para los objetivos de resiliencia de LA SAFE. Sin embargo, existen otras motivaciones donde los actores públicos y privados no tienen puntos en común.

 

Matthew Sanders, el administrador de los programas y políticas de resiliencia a cargo del reasentamiento de la comunidad BCC, comparó su trabajo con un “proyecto de investigación y desarrollo” de un episodio del podcast Social Design Insights. Sanders emplea este símil para subrayar la necesidad de una guía de buenas prácticas, para que otras comunidades costeras puedan recurrir a Luisiana para desarrollar sus propios objetivos de resiliencia climática. Estas buenas prácticas incluyen superar un “déficit de confianza” entre la tribu y el gobierno del estado, al tiempo que se asegura que el reasentamiento produce “un abanico de actividad comercial” para generar ingresos y potenciales oportunidades de inversión. De nuevo vemos aquí a los primeros refugiados climáticos oficiales de Estados Unidos conectados con la idea de resiliencia. Los objetivos de resiliencia, que implican la conservación del patrimonio de las comunidades, son oportunidades para que surjan empresas autosuficientes entre los gobiernos y los contratistas. Según la adaptabilidad de estos objetivos de resiliencia, regiones más amplias y más heterogéneas podrían llegar a ver diásporas financiadas por el sector privado en el futuro próximo.

 

El calentamiento global es una razón fundamental en la compleja toma de decisiones que precede al movimiento. En lo que respecta a la resiliencia y sus objetivos, los casos empíricos de migración climática pueden ofrecer historias de (in)movilidad más completas y complicadas. En la Isla de Jean Charles, el gobierno federal ha subvencionado con éxito un movimiento migratorio mixto con el objetivo de crear un estándar de traslado para otras localidades. Este es un relato mucho más complejo que el de los discursos que tan fácilmente aplican la etiqueta de refugiados a los flujos mixtos de migrantes. Las representaciones de las migraciones climáticas en los medios estadounidenses y en los informes políticos tienen que alejarse de las conclusiones simplistas y reconocer las variadas relaciones desarrolladas entre los actores públicos y privados en respuesta a las migraciones climáticas. Las tierras en peligro de desaparición pueden estimular la migración, pero los análisis de migración climática deben investigar cómo los objetivos de resiliencia de actores estatales y privados sostienen la (in)movilidad.

Vicente Lozano Lovelace

Vicente estudió en Oxford. Estadounidense de habla hispana, ha publicado y recibido premios. Ha pasado varios años colaborando con ONGs y organizaciones de servicio público directo dedicadas a políticas públicas progresistas. Vicente ambiciona licenciarse en derecho y convertirse en abogado para contribuir al debate sobre las ciudades santuario y otras cuestiones políticas relativas a la movilidad.

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