Cultura de contrabando: Narrativas panbalcánicas de identidad y pertenencia

ALEXANDER BOSSAKOV  |  15 DE AGOSTO 2020 |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº11

Fuente: Micheile H en Unsplash.

Después de varios años en Estados Unidos, visité a una antigua amiga búlgara de la familia, que acababa de mudarse a Pittsburgh. Como muchos otros emigrantes, había pasado de contrabando un cultivo de yogur búlgaro del pueblo de la abuela en una bolsita de plástico en el fondo de su maleta. Pasamos el fin de semana haciendo y comiendo yogur en cantidades que probablemente muchos considerarían ridículas. Volví a mi pequeña ciudad universitaria en la Pennsylvania rural con mi propia bolsita de plástico con cultivo de yogur, y evitando tener que recitar una retahíla de mentiras ante los guardias de fronteras y aduanas de Estados Unidos, a diferencia de otros conciudadanos contrabandistas de yogur menos afortunados que yo. Pronto empecé a hacer yogur en nuestra residencia de estudiantes varias veces por semana. Después de una larga jornada de trabajo en la biblioteca, regresaba a casa y calentaba la leche justo por debajo del punto de ebullición, la apartaba hasta que se enfriase lo suficiente como para que mi dedo meñique aguantara 15 segundos dentro (“el método de la abuela”, decía mi amiga, riéndose de mi sugerencia de usar un termómetro), mezclaba el cultivo y me iba a la cama. Por la mañana temprano, debajo de una espesa capa cremosa había botes de yogur agrio. Había algo cómico y a la vez emocionante en saber que mis bacterias fermentadoras de yogur habían viajado desde una casita de piedra en los montes Ródope hasta la América de los suburbios.

 

El yogur —hacerlo, comerlo, cocinar con él, hablar sobre él— ha sido simultáneamente un guiño a un lugar al que pertenezco y una forma de apropiarme de una ligera otredad respecto a mi entorno estadounidense. He disfrutado de la extrañeza de cuidar la leche con una tacita de cultivo en el fogón en una cocina de residencia universitaria pegajosa por los restos de vodka e impregnada del olor aceitoso de los macarrones con queso para microondas de mis compañeros. Mi amigo griego y yo compartíamos nuestras quejas cotidianas por el “yogur griego” de la cafetería, que se convirtieron en un símbolo de nuestra diferencia frente a la cultura dominante en EE.UU. (que ya empezaba a sacarnos de quicio) y nos unieron aún más. La tendencia entre las chicas blancas de las sororidades de Greenwich, Connecticut, a consumir yogur como un alimento de desayuno de alto estatus solo nos hizo proteger aún más este producto básico que nuestros padres y abuelos consideran extraordinario solo porque está presente en todas partes. Con algo de reticencia, timidez y placer, llegué a aceptar el yogur griego como un símbolo de mi identidad.

 

Además de permitirme adueñarme de la etiqueta de extranjero no residente en Estados Unidos, hacer, comer y hablar sobre yogur me permitió comprender mi tierra natal y concebir una idea de pertenencia con la que me siento cómodo. Aunque el nacionalismo búlgaro y su particular corriente de chovinismo balcánico se toman a sí mismos demasiado en serio y representan la disposición del país a la exclusión, un alimento básico corriente y barato que se vende en vulgares botes de plástico de medio kilo no puede tomarse muy en serio. El yogur ha servido para reafirmar una identidad definida por la sentimentalidad culinaria, la conciencia de sí misma desde una cierta ironía, y una cultura común transnacional. Desde luego, la importancia panbalcánica del yogur y su presencia en todas partes contrarresta la propia inspiración etimológica de la palabra balcanización —una idea adoptada a nivel global como un prisma para analizar la región, pero cuya internalización doméstica sigue motivando relaciones y actitudes entre los estados. El patriotismo búlgaro, incluyendo el que se concibe desde el extranjero, puede alimentarse a sí mismo a través de la incapacidad de la conciencia nacional de separarse de la antigua grandeza insular y el excepcionalismo tóxico de hoy en día; el yogur, consumido hedonistamente en cantidades copiosas en Bulgaria, Grecia y Turquía y más allá a lo largo de las generaciones, recuerda al calor cotidiano de la cocina de los abuelos, reconocible a lo ancho de la región; a los muchos botes que se comen en una tarde de verano; y a un lugar lejano donde el Lactobacillus bulgaricus fermenta la leche de la vaca del pueblo durante la noche.

 

El yogur ha llegado a recibir etiquetas variadas: griego, que se emplea para el yogur con un alto valor de mercado, preferido por Occidente pero confuso para los griegos; o turco, algo que inflama a los patriotas búlgaros a pesar o a causa de que el yogur apenas sea distinguible del kiselo mliako (literalmente “leche agria”) de los búlgaros. Pero llamo “búlgaro” al yogur con el que yo crecí, el que mis abuelos y bisabuelos dejaban fermentar bajo un paño húmedo en las cálidas noches de verano, solo para simplificar. Su consistencia, su acidez y su flexibilidad culinaria (puede mezclarse con pepino, ajo y avellanas, diluirse con agua y sal, servir de relleno para chiles y berenjenas asados, y acompañar masas espesas) son comunes en los Balcanes y en Levante, extendiéndose por Macedonia, Grecia, Bulgaria, Turquía, Siria y Líbano. El yogur une una región dividida por disputas antiguas, recientes y actuales; ilustra vívidamente los aspectos comunes fundamentales de una región por lo demás arruinada por las aspiraciones frustradas de europeanización (la obsesión de Bulgaria con la “Europa civilizada”, el rechazo orientalista de la influencia otomana), lo que Kapka Kassabova denomina “el peso no asimilado del complejo orientalista [búlgaro]”; como dice el tópico, una región que no es ni Oriente ni Occidente.

 

En este sentido, el yogur se ha convertido en una forma de comprender mi tierra natal deliberadamente opuesta a la toxicidad dominante de los nacionalismos búlgaro y balcánico. Articulada con la ayuda del cultivo de yogur que me acompaña en el extranjero, mi tierra es más grande, más tolerante, más abierta, más inclusiva y culturalmente heterogénea que la visión que propugnan los nacionalismos convencionales. Frente a un nacionalismo búlgaro que ensalza a los combatientes revolucionarios para justificar el sentimiento antiturco y la islamofobia, el yogur propone una cultura culinaria transnacional con más semejanzas que diferencias. Frente a los patriotas fogosos que enarbolan sus obsesivas reivindicaciones distorsionadas sobre los “protobúlgaros” para respaldar distinciones raciales imaginarias, el yogur propone una herencia común que se extiende a través de muchas fronteras e historias en disputa. La preparación del yogur y los cultivos de yogur han permanecido fieles a una tierra donde, en ocasiones, las fronteras se han desplazado más sobre las personas que las personas a través de las fronteras.

 

Es inútil perderse en delirios románticos sobre la persistencia de la xenofobia, el aislacionismo y el antagonismo regional alimentado por los nacionalismos balcánicos. “Las naciones son en sí mismas narraciones”, sugirió Edward Said, y un relato que explota políticamente el yogur por su carácter panbalcánico es solo uno entre muchos. A pesar de esto, comprender mi tierra natal a partir de un cultivo de yogur traído en una bolsa de plástico desde un lugar lejano me ha permitido definir de dónde vengo de tal forma que puedo acomodar tanto mi búsqueda personal de pertenencia en el extranjero como una narrativa más amplia que dé cabida a las historias que nos contamos a nosotros mismos sobre Bulgaria y los Balcanes. Desarraigado y redescubierto, lo corriente se vuelve increíblemente trascendental.​

Alexander Bossakov

Alexander Bossakov nació en Sofia, Bulgaria. Graduado recientemente en estudios internacionales, globalización y sostenibilidad en Dickinson College, EE.UU., ha centrado sus estudios y su investigación en las implicaciones sociológicas de las relaciones internacionales. Entre sus intereses están las migraciones y la movilidad, la identidad, la pertenencia y la otredad, y las diásporas y el transnationalismo.

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