Los espacios intermedios: Memoria social en el campo de refugiados de Dzaleka

EMMANUEL CHIMA  |  15 DE AGOSTO 2020 |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº11

En la relativamente pequeña nación de Malawi, en el sudeste de África, se encuentra la comunidad multilingüe y multiétnica del Campo de Refugiados de Dzaleka. Los refugiados del campo son principalmente de Burundi, República Democrática del Congo (RDC) y Ruanda, y hay también pequeñas comunidades somalíes y de otros países. El swahili se ha convertido en la lengua franca del campo, donde también se habla lingala, francés, kiñaruanda y kirundi. Creado en 1994 después del genocidio de Ruanda, la mayoría de sus residentes actuales llegaron huyendo de distintos conflictos en la región de los Grandes Lagos. Anteriormente, el campo había sido una prisión de máxima seguridad; el nombre “Dzaleka” viene del chichewa N’dzaleka, que significa “no lo volveré a hacer más”. Muchos residentes han vivido durante años en el campo, convirtiéndolo de facto en una situación de refugiados de larga data que alberga a más de 46.000 residentes.

 

Los residentes del campo siguen adelante con sus vidas como buenamente pueden, mientras esperan por una salida, sobre todo a través del reasentamiento de refugiados y, de manera mucho más limitada, de la integración local. Malawi no ofrece vías de acceso a la ciudadanía bien definidas para los refugiados. Mientras las personas esperan pacientemente a que se termine su etapa como refugiados, van produciendo una cultura del campo. Esta se hace visible en los eventos y lugares comunitarios del campo, como la kipompa (“bomba de agua” en swahili), el proceso de distribución de comida, conocido como mapokezi (“recibir” en swahili), y el animado día de mercado, conocido coloquialmente como Mardi marché (literalmente “Martes mercado” en francés, que sería marché du mardi en francés estándar). Por ellos fluyen las dinámicas unificadoras que componen las “pequeñas cosas” de la vida cotidiana en el campo. A lo largo del tiempo, también han quedado preservadas en la memoria social de la vida en el campo como escenarios fundamentales y marcadores temporales. Esto es así porque las interacciones que se dan dentro de los grupos étnicos en Dzaleka no son tan frecuentes ni regulares como los que simplemente ocurren en los espacios compartidos del campo: la vida social en común, las dificultades compartidas y las características comunes de una nueva residencia, que es a la vez un mosaico de culturas y una cultura en sí misma.

 

En Dzaleka, uno puede estar seguro de encontrar personas en la bomba de agua en las primeras horas de la mañana, así como en lo más profundo de la noche. El ruido de las partes metálicas de la bomba y del agua que sale a borbotones son una característica invariable del sonido de fondo del campo. A pesar de ser un área periurbana, a menos de 50 kilómetros de Lilongwe, la capital malauí, la red pública de depuración y distribución de aguas no llega hasta el campo. Sin este acceso vital al agua corriente, los residentes del campo dependen de las bombas de agua situadas en cada zona del campo. El número de bombas de agua disponibles no es proporcional a la población del campo; y lo que es aún peor, no siempre funcionan. A nivel individual, esto se traduce en tener que hacer largas colas para sacar agua con la bomba. Toda la jornada se organiza en torno a ir a buscar agua, sin la que no pueden realizarse las tareas domésticas básicas. Esta experiencia común de buscar agua y la cantidad de tiempo que lleva han creado un sentimiento de comunidad. Como tal, no es raro oír de amistades y romances que comenzaron con la cháchara y la frustración compartida en la kipompa.

 

Todos los meses sin excepción puede verse una cola que parece no terminar nunca a la puerta del centro administrativo del campo. Esta escena es la distribución mensual de alimentos por parte del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). El reparto se organiza por orden descendente según el tamaño de la unidad familiar: las familias más grandes van las primeras, y las personas que viven solas quedan para el final. Aunque la distribución es esencial para la supervivencia en el campo, muchos residentes dicen que la experiencia les despoja de su dignidad. Las largas esperas son frustrantes y los incidentes, como cuando otra persona se cuela, provocan descontento y protestas. En esos momentos de “desorden” cuando el personal administrativo se muestra prepotente, gritando órdenes y reorganizando a la gente a la fuerza, con gestos poco educados. De manera similar, la pérdida de dignidad se siente a raíz de las restricciones al lugar de residencia y a los desplazamientos interiores impuestas a los refugiados en Malawi. Se necesita un permiso exprés de la oficina del Administrador del Campo para poder salir. El justificante del permiso se conoce comúnmente como kibali (“visto bueno” en swahili). Tener que presentar el kibali en el control de policía suele ser una experiencia humillante. A partir de estas dificultades compartidas para preservar su dignidad mientras viven en el campo, los residentes de Dzaleka intercambian sus impresiones personales y encuentran solidaridad en otros refugiados.

 

Todos los martes, el amanecer trae un enjambre de autobuses, camiones y camionetas que transportan comerciantes y productos para el día de mercado de Dzaleka. De la misma manera, los vendedores locales trasladan sus puestos desde el mercado habitual del campo al campo abierto donde se celebra el día de mercado. El mardi marché ha llegado a ser una parte inherente del tejido cultural local. La práctica de tener un día de mercado no es única de Dzaleka; es una larga tradición en Malawi y por toda África. Sin embargo, el día de mercado en el campo es distinto por sus productos, algunos de los cuales reflejan la diversidad cultural de la comunidad. Puedes estar seguro de encontrar una selección de telas de colores brillantes, los kitenges, con los que un sastre congoleño puede crear una prenda de estilo sapeur (una subcultura excéntrica de alta costura, con influencias francesas y belgas, introducida en el campo por los refugiados de DRC). Se encuentran disponibles únicamente en el mercado exquisiteces del Este de África como los chapati (pan ácimo sin levadura) y los mandazi (buñuelos), que se acompañan con una taza de chai (té) de las casas de té que se encuentran en el mercado y otros lugares del campo. También se venden cosas típicas de todos los mercados de Malawi, como productos agrícolas, y artículos variados como pilas desechables y táperes. Los clientes del mercado son tanto refugiados como ciudadanos malauíes. El mercado sirve a la vez como oportunidad para obtener unos ingresos extra y como actividad que ayuda a los miembros de la comunidad a integrarse entre ellos y con el resto de la comunidad.

 

Las actividades rutinarias que son vitales para la supervivencia se han vuelto también características de la vida en el campo, dándole su propia conciencia colectiva. Son las cosas pequeñas y mundanas que arraigan la vida en el limbo en el campo de refugiados de Dzaleka y mantienen a la comunidad unida un día más.

Emmanuel Chima

Emmanuel Chima es estudiante de doctorado en la Escuela de Trabajo Social en Michigan State University. Su investigación estudia el trauma y el bienestar psicosocial entre los jóvenes refugiados y adultos mayores. Trabajó en el campo de refugiados de Dzaleka en Malawi entre 2015 y 2017. Email: chimaemm@msu.edu.

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