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Historias personales de hogar, pertenencia y refugio en el Museo de la Infancia y la Guerra (War Childhood Museum)

AIDA IBRIČEVIĆ  |  15 DE AGOSTO 2020 |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº11
(Aida Ibricevic) [ACCOMPANY ARTICLE] S.j

No estaba preparada para lo que me iba a encontrar cuando crucé la pesada cortina oscura que llevaba a la entrada del War Childhood Museum (Museo de la Infancia y la Guerra). Había entrado en un mundo diferente, donde los objetos contaban historias sobre la niñez en tiempos de guerra. Cada uno tenía una voz propia: algunos susurraban y murmuraban, otros daban discursos elocuentes y dialogaban entre sí en una polifonía desafiante, mientras otros gritaban llenos de dolor. Estas voces diversas sonaban inmensamente familiares, ya que reflejaban mi propia experiencia; y al mismo tiempo extrañamente distantes, como si mis recuerdos de la guerra hubieran quedado enterrados bajo las preocupaciones cotidianas.

Tratando de avivar sus propios recuerdos de cómo había sido su niñez en el sitio de Sarajevo, Jasminko Halilović planteó una pregunta a toda su generación: “¿Cómo fue tu infancia durante la guerra?” Con la ayuda de las redes sociales y otros canales de comunicación, la respuesta que recibió fue abrumadora. Más de mil personas, de entre 25 y 45 años, algunos residentes en el país y otros dispersos por el mundo —parte de los 2 millones de bosnios en la diáspora—, enviaron sus respuestas breves.

Compartieron relatos cortos, fragmentos y fotografías, reconstruyendo colectivamente una visión íntima del mundo de los niños que vivieron la guerra. Jasminko Halilović, creador y fundador del museo, explica el proceso de recopilar y editar la multitud de respuestas individuales en un libro y después alojar de manera permanente la colección, formada por pertenencias personales y testimonios grabados en vídeo, en un museo. Cada objeto físico está acompañado por una historia auténtica, impregnándolo de significado, ayudándolo a comunicar un mensaje específico y transmitir una emoción llena de matices. La persona que cuenta la historia se identifica solo por su nombre y año de nacimiento, dando al visitante una idea aproximada de su edad durante el conflicto. Con el paso del tiempo, la exposición del museo creció para incluir una perspectiva más amplia sobre la experiencia de los niños en guerras como el actual conflicto armado en Siria.

Aplicando un análisis de contenidos a los artefactos del museo, Lejla Nikšić señala que, aunque el museo no está organizado intencionalmente en secciones temáticas ni cronológicas, aparecen algunos temas emocionales claros a partir de los relatos individuales. El tema de encontrar seguridad y refugio en medio del desplazamiento forzoso, el desarraigo y la pérdida del hogar ocupa un lugar central y puede verse en “Yo también fui un refugiado”, “Las llaves de nuestra casa”, “Mi único deseo cumplido de 1992”, “Tarjeta de identificación de refugiado”, “El perfume de mi padre” y “Un amigo”. Estas historias se caracterizan por la singularidad de la perspectiva del niño, la posición apolítica que permite una identificación personal más allá de las fronteras religiosas, nacionales y étnicas, y la universalidad de su mensaje: un elemento central de los conceptos de hogar y pertenencia es sentirse seguro.

Tanto “Yo también fui un refugiado” como “Las llaves de nuestra casa” expresan la noción de hogar a través de objetos físicos, mostrando una variedad de perspectivas sobre lo que es el hogar y su significado universal. El primero, una maleta llena de recuerdos, representa el hogar emocional, mientras que el segundo, un objeto relacionado directamente con la casa, simboliza el hogar físico.

(Aida Ibricevic) [WITHIN THE ARTICLE] I

YO TAMBIÉN FUI UN REFUGIADO 

Ya estaban disparando sobre la ciudad… Una noche, papá volvió a casa y dijo: “¡Mañana os vais a la costa!” Preparé mi maleta: bañador, sandalias, y un diario. ¡Vamos a la costa! Por la mañana, mi hermano, mi madre, mi tía y yo nos unimos al convoy que salía de la ciudad. Nos vamos a la costa… Unos hombres con máscaras negras pararon el convoy. Nos tuvieron detenidos durante tres días. ¿Volvería a ver el mar otra vez? Dos meses más tarde, llegué a los Países Bajos, y aquí me quedé hasta hoy. Todos mis recuerdos están en esta maleta. (Iva, 1981)

(Aida Ibricevic) [WITHIN THE ARTICLE] Ke

LAS LLAVES DE NUESTRA CASA

Esas son las llaves de mi casa en Siria. Me las dieron cuando tenía cinco años y añadí algunos adornos al llavero. Las llaves abrían la puerta de la casa más bonita que yo haya visto nunca. Mi habitación tenía paredes rosas y verdes. Por desgracia, la casa se quemó durante la guerra, así que ya no tenemos casa. Cuando nos marchamos a Líbano, no pude llevar nada, porque todo estaba completamente quemado. Me llevé estas llaves, varios juguetes que no se quemaron burn y algunas cenizas —los restos de nuestra casa. (Marwa, 2003)

 

Teóricos como Paolo Boccagni defienden que sentirse seguro es una característica fundamental del hogar. Los dos objetos, la maleta y las llaves de la casa, transmiten el mismo sentimiento de seguridad. Este sentimiento contrasta radicalmente con la pérdida del hogar, causada por el desplazamiento o por la destrucción física. El relato que acompaña a estos objetos intenta reivindicar la capacidad de acción de las personas en el proceso de recrear el hogar.

Sin impugnar la afirmación de Michael Ignatieff de que “allá donde perteneces te sientes seguro, y donde te sientes seguro es donde perteneces”, los testimonios en vídeo de personas que relatan sus propias experiencias durante la guerra se interrogan sobre lo que realmente significa la seguridad. Arma describe su experiencia de permanecer en el Sarajevo sitiado bajo el fuego de los francotiradores y encontrar la seguridad al pertenecer a una comunidad de personas que compartían la misma experiencia.

Muchos niños de los edificios vecinos nos juntábamos en el patio empedrado, que estaba algo protegido del fuego directo de los francotiradores por un muro alto. Al principio de la guerra, eran sobre todo adultos los que se reunían, porque habíamos organizado patrullas en nuestro barrio. Con el paso del tiempo, todo el mundo se juntaba en aquel patio. Estaba lleno de niños de todas las edades, sus padres y todos los demás vecinos. Algunos jugaban al ajedrez, otros hacían crepes. Allí había una cocina y un fuego. Cocinábamos juntos afuera, incluso llegamos a hacer mermelada de ciruelas y pan. Funcionábamos como una especie de comunidad primordial, donde todo el mundo cuida de los demás. Una madre hacía bocadillos para todos los niños. Vivíamos juntos en comunidad, totalmente volcados los unos en los otros. Jugábamos a los juegos de niños de siempre: la rayuela, el escondite y otros. Incluso ensayamos una obra de teatro. Conforme iba llegando el frío, el círculo se fue reduciendo. La gente también se estaba marchando de Sarajevo y cada vez éramos menos. (Arma, 1978).

En cambio, la historia de Andrea sobre su vida como refugiada en el extranjero, en condiciones de paz y aparente seguridad física, destaca su falta de arraigo y su consecuente falta de seguridad personal, desde su percepción subjetiva.

Cuando vivíamos en el extranjero, a quien más echaba de menos era a mi padre. Se quedó allá. De nuestras posesiones materiales no teníamos nada. Cuando escapamos de Sarajevo, no pudimos llevar nada con nosotros porque no nos estábamos marchando de nuestra casa. Recuerdo el lugar en el que vivíamos como refugiados. Al principio, no salimos de nuestro piso durante meses, nos quedábamos mirando por la ventana. Al final, un día conseguí encontrar el valor para salir a jugar afuera, esperando encontrar a otros niños. Cuando me vieron, lo primero que me preguntaron fue de dónde venía. En cuanto lo supieron, empezaron a preguntarme cosas como: “¿Sabes lo que es una televisión?”. Fue horrible. Me escapaba corriendo y volvía a nuestro piso. “Mamá, ¿tienes alguna fotografía de nuestra casa? ¿Tienes al menos una foto para que pueda enseñarles que teníamos una televisión, un reproductor de vídeo, videojuegos y muchas otras cosas?”. No teníamos fotografías que sirvieran de prueba y teníamos que justificarnos constantemente. Lo que más eché de menos cuando vivíamos como refugiados en el extranjero era la sensación de pertenecer, de sentirme segura. (Andrea, 1984).

Veinticinco años después de que la guerra haya acabado oficialmente en Bosnia-Herzegovina, la pregunta de quiénes vivieron una experiencia más dura, los que se quedaron o los que se marcharon, sigue debatiéndose aún con acritud en el discurso público. Sin un contexto adecuado ni empatía, estos debates solo contribuyen a aumentar la fragmentación de una sociedad que ya está profundamente dividida. Las voces de los niños, sin miedo a reconocer su vulnerabilidad y contar sus verdades con autoridad y convicción contribuyen a que estos discursos alcancen a comprender mejor las realidades de la guerra. Estas voces señalan la pérdida generalizada de capacidad de decisión en tiempos de guerra y desvelan la necesidad humana fundamental de pertenecer y sentirse seguros.

Un aspecto de la visión declarada del museo es “ayudar a que los individuos superen las experiencias traumáticas de su pasado y prevenir que otras personas sufran nuevos traumas”. Yo tenía diecisiete años cuando empezó la guerra en mi Sarajevo natal y debería recordarla bien, pero cuando entré por primera vez en el espacio de exposición iluminado con luz tenue mis recuerdos parecían extrañamente borrosos. Mientras caminaba despacio entre los artefactos, escuchando con atención a cada pequeño narrador; mientras lloraba y reía viendo los testimonios en vídeo, reconociendo incluso a un amigo querido y el libro de recetas de su madre fallecida, sentí que una cálida sensación de alivio vencía a décadas de intentos de supresión subconsciente de los recuerdos. La experiencia de crecer durante la guerra es compartida por una generación entera, y comprender esto tiene un inmenso potencial para cicatrizar nuestras heridas.

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Aida Ibričević

Aida es Global Fellow en el Peace Research Institute Oslo (PRIO), Noruega. Su investigación se centra en los estudios de migración y diáspora, interesándose especialmente por la relación entre emoción y política. Obtuvo una licenciatura en Middlebury College, Estados Unidos, un máster en la Central European University, Hungría, y un doctorado en Ciencia Política Science en Istanbul Bilgi University, Turquía.

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