Maletas, ventanas e ilusiones de consuelo

GEORGIA-TAYGETI KATAKOU  |  15 DE AGOSTO 2020 |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº11

La historia está plagada de movimiento. Sin embargo, las historias personales, los legados de quienes han vivido ese movimiento, son frágiles. Muy a menudo pasan desapercibidas. Una razón para esto podría ser que el individuo se integre en la sociedad receptora, dejando atrás completamente su antigua vida para adoptar una nueva. Otra razón podría ser que regrese a su país de origen y elija olvidar los recuerdos, a veces penosos, o que los objetos físicos que evocan la migración se pierdan. En mi propia familia, la realidad simple (aunque sorprendente) es que cuando los abuelos mueren, sus historias mueren con ellos. Nadie piensa en anotar los recuerdos y las historias de los miembros más mayores de la familia hasta que te das cuenta de lo poco que se ha conservado. Entonces, ¿qué pasa cuando se sustrae un recuerdo conservado por una ventana?

 

En julio de 2019, una cruz de oro fue robada en un pueblecito en el Peloponeso. El resultado fue una ventana rota y algunas joyas robadas a una mujer que podía permitirse perder mucho, pero no aquella cruz de oro. El año antes de cumplir los veinte había sido enviada a Australia, para encontrarse con un marido seleccionado para ella. La cruz de oro era un deseo de buena suerte que le había regalado su tío. Un recuerdo, ahora robado, de su viaje en el interior de un barco que la llevaba en silencio. Algunos años más tarde, en su regreso de una tierra cuyo idioma nunca aprendió, no podía permitirse ni siquiera el lujo de una maleta. La cruz era el único legado tangible de una migrante más que salió de la Grecia arrasada por la guerra civil y cruzó el Pacífico para llegar a Australia. Otra mujer enviada a un esposo desconocido. Un recuerdo sacado por una ventana rota y arrojado al olvido.

 

Las experiencias y los recuerdos de la migración pueden ser borrados, olvidados, descartados cuando los padres y abuelos se vuelven mayores o seniles o fallecen. Las cruces de oro son robadas por una ventana y los diarios que relatan los viajes se reciclan después de la muerte de un familiar. Sin estos recuerdos físicos, es fácil olvidar que las experiencias migratorias en Grecia son ricas y diversas. Especialmente después del final de la Segunda Guerra Mundial y la guerra civil que la siguió, cientos de miles de personas huyeron del país. Un episodio conocido es el de los refugiados que buscaron abrigo en Atenas después de que las tensiones entre Grecia y Turquía aumentaran irreversiblemente en los años 20. El movimiento, en todas sus variadas manifestaciones, no es extraño para este país ni para su gente.

 

A finales de la década de 2010, cuando se produjo una “crisis de refugiados” diferente en Grecia, fue sorprendente ver la hostilidad hacia los recién llegados por parte de quienes habían sido ellos mismos migrantes, quienes habían vivido el movimiento, el exilio y la discriminación. Aún más sorprendente fue el puro negacionismo de sus propios viajes migratorios. Parece que quienes tuvieron la fortuna de poder regresar a casa desde el país al que se habían marchado han borrado su propio pasado de personas en movimiento.

 

¿Es ese acaso el secreto para ser un “buen” migrante, olvidar que tú también estuviste una vez en tránsito? ¿Negar lo común de las experiencias que ahora criticamos y despreciamos tanto? 

 

Los recuerdos tangibles del movimiento son un privilegio que no tienen todas las personas que se desplazan. Las imágenes que inundaron nuestras pantallas en 2015, retratos de cuerpos humanos en lanchas neumáticas en medio del Egeo, ilustran lo poco realista que es esta idea. Los recuerdos físicos son una ilusión de consuelo a los que nos aferramos quienes no conocemos de primera mano el desplazamiento forzoso. Conservar el pasaporte después de un viaje así ya es tener suerte. ¿Una maleta? Meter en el equipaje los artefactos convenientes para que el historiador del mañana tenga acceso a fuentes primarias es prácticamente un sueño imposible.

 

En el caso de muchos de los griegos que regresaron después de su experiencia migratoria, independientemente de que esta fuera corta o larga, no todos trajeron maletas de vuelta. Trajeron los fondos que necesitaban para construir una casa y dejaron atrás primos, tías, tíos, hijos y nietos, así como pertenencias personales. Sus viajes estuvieron lejos de tener un final ordenado.

 

A menudo, sus hijos y nietos no tienen más que unas pocas historias para rememorar la historia de la movilidad de su familia. Me pregunto: si tuvieran otros recuerdos tangibles de su historia familiar, ¿cambiaría algo? Si tuvieran el contenido de esas maletas, llenas de cartas, resguardos de pasajes, fotografías, manteles usados y tazas con los bordes rotos, ¿se sentirían orgullosos de ese legado? ¿Colgarían las fotografías? ¿Verían los paralelismos entre su propia historia de movilidad y la de aquellos que hoy se desplazan? ¿O esconderían en un desván, olvidadas, los objetos traídos en esas maletas?

 

La historia está plagada de movimiento. Borrar los recuerdos del movimiento solo contribuye a criminalizar a quienes se mueven hoy. Parecen estar en una situación única, convirtiéndose por tanto en un peligro, en una excepción. Deberíamos luchar para normalizar las experiencias de movilidad. Y, aunque los objetos se pierdan, la mejor forma de recordar y respetar las historias de los migrantes es escuchar y anotar las experiencias personales de migración, refugio, desplazamiento en general… No prestamos suficiente atención ni respetamos como se merecen las historias compartidas de las personas que están en el centro del movimiento.

 

Las cruces de oro se pierden. Importan poco. Las personas y sus viajes importan mucho más.

Georgia-Taygeti Katakou

Georgia-Taygeti Katakou es estudiante del Grado en Historia por la Universidad de Edimburgo. Originaria de Grecia, espera realizar estudios de posgrado en el ámbito de la historia.

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