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Los periplos de un pasaporte somalí por el mundo

MARIAM ISMAIL  |  14 DE FEBRERO 2020  |  TRADUCIDO DEL INGLÉS

“Hay mil maneras de arrodillarse y besar el suelo; hay mil maneras de volver a casa”. Rumi. Fotografía de la autora.

En mi cabeza, mi historia es simple. Nací en Yeda, Arabia Saudí. Hasta aquí sin complicaciones.

Permítanme añadir que soy de origen somalí, así que soy negra. Otra cosa más: cuando tenía trece años, mi familia y yo nos convertimos en refugiados en Damasco, Siria. Y otra: durante los últimos siete años he vivido y trabajado en Ginebra, Suiza.

Al conocerme, la gente siempre me pregunta cómo y dónde me sitúo. Aquí va.

Soy el producto de cuatro eses: Arabia Saudí, Siria, Suiza y Somalia. Algunos hablarían de un mosaico colorido y único. O de un tapiz, un combinación seductora de hilos entretejidos.

Pero aún hay más — algo que solo yo sé, junto a mi familia y amigos íntimos. Los ojos críticos de algunos espectadores pueden tornar esta aleación en algo complicado. En dificultades injustificadas. Algo que puede ser usado contra mí. Algo que restringe mi movilidad y me niega oportunidades. Algo que me separa de mi familia.

Yo nací con un pasaporte, pero no nací en el país al que pertenece.

Tengo la nacionalidad de mis padres. Soy somalí, y esta es la historia de mi pasaporte. El pasaporte de “La República Somalí” — un país en el que nunca he vivido, y que es mi tesela fundamental y el primer hilo de quien soy.

De pequeña, en Arabia Saudí y Siria, mi pasaporte somalí no era la mayor de mis preocupaciones. Sabía que era diferente antes de llegar a saber cómo mi pasaporte sería usado para negar mis capacidades y restringir mis oportunidades. Cómo a menudo no se me trataría por ser quien soy, sino como un mero reflejo suyo.

Así pues, cuando el centro del British Council de Damasco me dijo que no cumplía con los requisitos para obtener una beca porque no era siria, no me sorprendí. Pero me sentí triste y enfadada. Porque para mí, Siria era el “hogar” que nunca tuve. El país donde fui al instituto y obtuve mi carrera universitaria. Un lugar que aún guardo en mi corazón. Y aun así, no era una de ellos. ¿Me entristecí? ¿Me sentí inferior? Desde luego, sí y sí.

En momentos como este, deseé tener un pasaporte diferente, solo porque sentía que el mío restringía mi movilidad para seguir adelante con mi vida.

Avanzamos rápidamente y estoy aquí en Ginebra, Suiza, para hacer un máster en Acción Humanitaria de un año. Recibí una beca generosa de la ciudad de Ginebra. Para venir aquí, como todo el mundo, solicité un visado en la embajada suiza de Riad, Arabia Saudí. Tenía miedo y estaba casi segura de que no lo conseguiría, dado que para entonces ya estaba acostumbrada a que rechazasen mi pasaporte una y otra vez. Me equivoqué. Obtuve el visado, me mudé a esta fabulosa ciudad, acabé mis estudios, coleccioné recuerdos y conseguí un trabajo en mi campo. Aún agarrada a mi pasaporte, pero esta vez con un permiso suizo.

Por naturaleza, soy una persona apegada a mi familia. Crecí rodeada de ocho hermanos y hermanas. Mis padres trabajaban duro para que nosotros pudiéramos tener la mejor educación y vida posibles. Así que quería que mi familia viniese a verme, para celebrar mis éxitos en mi nuevo “hogar”. Para que viesen lo lejos que había llegado. No quería que su única experiencia de mi vida en Ginebra fuese a través de las videollamadas de FaceTime o Imo (las llamadas de WhatsApp están bloqueadas en Arabia Saudí).

Mi brillante idea — o eso creía yo — fue enviar primero una carta de invitación a mi hermana, Hawa, que es bióloga. ¿Por qué la elegí a ella, de entre mis ocho preciosos hermanos? Es sencillo: ella era una excepción, como yo. Ya había obtenido visados europeos antes, y había viajado allí varias veces. Pensé que probablemente esto facilitaría y reforzaría su solicitud de visado. De esta forma, buscaba proporcionar garantías de que no se quedaría más allá de la duración de su visado y bajo ningún concepto pediría refugio, o simplemente desaparecería — para desmentir los estereotipos normalmente asociados al pasaporte somalí.

Qué ingenuo por mi parte. En el centro de visados de Riad, mi hermana presentó todos los documentos necesarios, incluyendo la prueba de que yo, su hermana, soy residente legal y con trabajo en Ginebra. Le dijeron que la embajada suiza no reconocía su pasaporte somalí. La misma embajada que había emitido mi visado seis años atrás. Nos quedamos sorprendidas y desconcertadas.

Creí que estaba mintiendo; no podía ser verdad, así que decidí contactarlos yo misma. La respuesta fue: “En referencia a su email, tenga en cuenta que la embajada suiza no reconoce los pasaportes somalíes, por lo que sentimos informarle de que no podremos aceptar su solicitud”.

Veintinueve palabras fueron suficientes para aplastar las esperanzas de que mi familia, especialmente mis padres, puede algún día visitarme en el lugar que he luchado tanto por convertir en mi HOGAR. Veintinueve palabras, medidas contra mis siete años de residencia, estudio y trabajo en Suiza. Ni siquiera una voz humana para comunicar las noticias que harían la distancia aún más dura y la separación aún más dolorosa. Haciendo que las lágrimas corran por mis mejillas mientras escribo esto.

Por supuesto, hay momentos en los que deseo no tener este pasaporte. Pero es mío. Es quien soy, pero no es todo lo que soy. Soy única. Soy diversa. Tengo una educación. Tengo potencial. Soy más que todo esto. No acepto limitaciones.

Nuestros pasaportes restringen la movilidad para encontrarnos y celebrarnos unos a otros. Aunque me considero afortunada de pertenecer a una tierra, pertenezco a una que está desgarrada por la guerra. 

Mariam Ismail

Mi nombre es Mariam Ismail y lo que acabas de leer es un atisbo a mi vida real. En la actualidad vivo y trabajo en Ginebra, Suiza, en el sector humanitario.

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