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La política de los datos sobre migraciones: la OIM en el punto de mira

Max Cohen y Saskia Llewellyn  |  15 de Junio 2019  |  Traducido del inglés

Ante la creciente demandas de una política migratoria mejor fundada en datos y hechos, instituciones como la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) vienen resaltado la necesidad de mejoras en la recolección y el análisis de datos sobre migraciones. En paralelo a la amplia expansión de la OIM durante las últimas dos décadas, también ha aumentado su implicación en la recolección de datos. Este artículo sostiene que, a pesar de adoptar un lenguaje apolítico y tecnocrático en relación a los datos sobre migraciones, el compromiso de la OIM con “mejores datos sobre migraciones” es en realidad profundamente político. Es decir, al producir datos sobre migraciones en forma de estadísticas, matrices y mapas, la OIM está condicionando la manera en la que se entiende y se hace política sobre la migración, en tanto que está centrada fundamentalmente en el concepto de “gestión migratoria”.

 

Desde su creación en 1951, la OIM ha pasado de ser una organización del ámbito regional europeo, a una organización global dedicada a “gestionar las migraciones en beneficio de todos”. Buena parte de “gestionar las migraciones” consiste en saber qué gestionar. Como resultado, la OIM recoge grandes cantidades de datos sobre flujos migratorios globales, poblaciones desplazadas, remesas, tráfico de personas e “integración”, entre otros. Además, la OIM estableció en 2014 el Centro Global de Análisis de Datos sobre Migraciones para producir estadísticas migratorias más precisas y atractivas. Se han logrado mejoras significativas a lo largo de los últimos siglos en cuanto a la exactitud de las cifras sobre migración, a través de los censos, las encuestas y los registros administrativos. No obstante, la OIM reconoce que existen lagunas sustanciales en las estadísticas actuales sobre migración internacional. Estas deficiencias se deben al creciente volumen de los desplazamientos globales y a la complejidad de los “factores causales” de la migración que suelen superponerse e impedir que puedan distinguirse unos de otros y clasificarse. Al mismo tiempo, los avances tecnológicos ofrecen oportunidades sin precedentes a las organizaciones como la OIM para recoger volúmenes de big data. Por ejemplo, las “huellas digitales” de los millones de usuarios de Internet y teléfonos móviles aportan una cantidad de datos cada vez mayor de la que pueden sacar partida las autoridades estadísticas. Nuestro examen de la política de las estadísticas migratorias se centrará en primer lugar en la conexión íntima entre la medición de las migraciones y la doctrina de gestión de las migraciones de la OIM.

Medición = Gestión

 

Desde los años noventa, la OIM ha operado desde el enfoque de su filosofía: “migración gestionada”. Como ellos mismos detallan, la migración gestionada pretende servir “para contribuir a garantizar la gestión ordenada y humana de las migraciones en beneficio de todos”. En principio, la agenda de la migración gestionada pretende encontrar un término medio entre el control abiertamente autoritario sobre las personas en movimiento, y un mundo de libre circulación ilimitada. Trata de equilibrar los intereses de los Estados-nación en materia de seguridad fronteriza con la defensa de los derechos de los migrantes. En la práctica, sin embargo, la OIM ha sido criticada por organizaciones humanitarias por tomar partida de forma sesgada por las actividades de seguridad de los Estados. Por ejemplo, se ha criticado a la OIM por apoyar prácticas estatales ilegales de control fronterizo, internamiento y deportación. Desde 2017, la OIM ha puesto en marcha el programa de Retorno Voluntario Asistido y Reintegración (AVRR) en Grecia y Turquía para aquellos demandantes de asilo cuyas solicitudes han sido rechazadas, como “una alternativa más humana y digna a las deportaciones”. Sin embargo, los solicitantes de asilo que han pasado por el programa sostienen que se les forzó a renunciar a su derecho a recurrir la decisión sobre su solicitud para evitar entre seis y doce meses de confinamiento, al aceptar el retorno “voluntario”. En el mismo informe, un abogado describe el AVRR como “un puño en un guante de terciopelo… ilícito, coercitivo y desagradable”. Este programa es uno de los ejemplos más recientes de cómo la agenda de la migración gestionada ha funcionado en la práctica para favorecer los intereses de los Estados antes que los derechos de los migrantes.

 

En un artículo reciente, los sociólogos Scheel y Ustek-Spilda han señalado dos maneras en que l demanda de mejores estadísticas migratorias encaja perfectamente en la agenda de migración gestionada de la OIM. En primer lugar, el paradigma de gestión de las migraciones “presenta el gobierno de las migraciones como una cuestión de conocimiento experto”. Esto implica que hay un “potencial autoritario” en la medición de las migraciones que elude la experiencia de la migración, subjetiva y con frecuencia fragmentada. La migración no suele ser un viaje lineal desde el punto A hasta el punto B, sino que implica múltiples paradas y comienzos y un sinfín de encuentros con burocracias y fronteras que los datos y gráficos sobre migraciones tienden a ignorar. En palabras de los sociólogos, “tolerar cualquier conocimiento que representa la migración como una realidad múltiple y desordenada plantearía dudas sobre la posibilidad de gestionarla, dado que aquello que es difícil de medir es indudablemente difícil de gestionar”. En segundo lugar, definir las migraciones como una cuestión de hechos calculables podría arrinconar otras opciones políticas alternativas, como las fronteras abiertas. El argumento de las fronteras abiertas entiende que la migración es una fuerza autorregulada, algo que no cabe en la objetivación de las migraciones en forma numérica. De nuevo, reaparece la crítica histórica al paradigma de la OIM de la migración gestionada al servicio de los intereses del Estado más que de los derechos de los migrantes; sólo que esta vez se aplica a la política de los datos.

El poder de la cartografía

 

Para ello, podemos examinar uno de los proyectos más recientes de datos de la OIM: la, matriz de seguimiento de los desplazamientos (Displacement Tracking Matrix o DTM). Tras establecer “puntos de monitoreo de los flujos”, la OIM puede recoger y recopilar datos sobre la procedencia de las personas, sus motivos para desplazarse, por qué lugares ha transcurrido su viaje, y dónde pretenden ir. De nuevo, la OIM utiliza lenguaje apolítico, asegurando que busca “entender el desplazamiento”. Sin embargo, al recoger datos en áreas de conflicto, post-conflicto y después de un desastre natural, la OIM no se dedica únicamente a entender el desplazamiento, sino a inscribir en la realidad la idea de desplazamiento. Hacer “legibles las poblaciones (algo que suele ser una operación del Estado, como indica el antropólogo James Scott), a través de cuadrículas, estándares y clasificaciones es una de las herramientas que utilizan las autoridades para “manejar a los sujetos y su entorno”. Al poner atención en el tamaño de una comunidad determinada a través de la cuantificación, la OIM autoriza intervenciones del Estado, que a su vez definen sus derechos y su elegibilidad para recibir protección.

 

La DTM recopila estadísticas sobre desplazamiento y crea también mapas globales y regionales de desplazamiento. Aquí, los geógrafos políticos nos recuerdan que “los mapas no son nunca neutrales” ya que la cartografía siempre requiere un proceso de selección, simplificación y clasificación. Al cartografiar el desplazamiento global, la OIM contribuye a la forma de entender y conformar los lugares. En particular, la OIM refuerza representaciones espaciales de las relaciones internacionales en las que las personas desplazadas se presentan como víctimas o amenazas para el orden de los Estados-nación. Esto margina formas alternativas de conformación de los lugares por parte de las personas que habitan en medio y a través de territorios soberanos. Las poblaciones desplazadas se representan como “puntos calientes” en la DTM y a la vez se inscriben como lugares de preocupación, intriga e intervención para las autoridades estatales y los expertos en desarrollo. De golpe, la subjetividad y la capacidad de actuar de aquellos a los que se clasifica quedan borrados, y se les presenta como objetos del control global. Ni la clasificación de las personas ni la cartografía del espacio se analizan como ramificaciones de la recolección de datos por parte de la OIM, a pesar de ser fundamentales para el ejercicio de seguimiento de los desplazamientos. 

Imagen 1: DTM. Captura de pantalla realizada por los autores, obtenida de https://displacement.iom.int/  

Subyace a esta crítica la cuestión fundamental de qué implica intentar cuantificar y calcular algo que es “una realidad intangible, elusiva y resbaladiza que resulta mucho menos medible y gestionable que lo que sugieren la OIM y su GMFIA (app interactiva de flujos migratorios globales)”. Con esto no se pretende decir que la OIM y los Estados-nación deban dejar de recoger datos sobre migraciones, sino poner a la luz los procesos de producción del conocimiento en torno a las migraciones para que los procesos y métodos de producción de datos sea sometidos a los mismos estándares de rendición de cuentas que la propia exactitud de los datos. La cuestión fundamental es que, en sus esfuerzos por convertirse en la “autoridad epistémica” en la producción de conocimiento sobre migraciones, la OIM podría estar pasando por alto consideraciones éticas y políticas cruciales en relación con la producción de datos sobre migraciones.

Max Cohen

Max es de Glasgow, Escocia. Tras haber completado un Máster en Estudios Migratorios en la Universidad de Oxford, en la actualidad se dedica a viajar, leer e investigar mientras prepara la admisión a un doctorado en Geografía Económica. Le interesa una amplia variedad de asuntos sociales y políticos, desde la economía política a la musicología. Además de escribir e investigar, Max disfruta con la música y el fútbol, toca el piano y marca tripletes de vez en cuando.

Saskia Llewellyn

Saskia Llewellyn está cursando un Máster en Estudios Migratorios en la Universidad de Oxford donde se dedica a cuestiones relacionadas con seguridad, migración y territorio. Antes de instalarse en Oxford, estudió Relaciones Internacionales en St Andrews con una estancia integrada en Sciences Po Paris y en la Universidad de Melbourne, y estuvo trabajando en un think tank en Bruselas. En su tiempo libre, dirige la revista digital The Transatlantic Puzzle con otros entusiastas de las Relaciones Internacionales.

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Este artículo es parte de una colaboración entre Routed MagazineThe Transatlantic Puzzle

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